Estoy con el taller
de la mañana. Comentamos los avances de “Chopán”,
uno de los participantes, que está desarrollando un
relato autobiográfico ficcionado en el que se ha asume
como personaje para realizar su sueño: dejarlo todo
y partir al campo, el lugar que más le gusta para vivir
una “Última aventura”.
Veo que todos se sienten fascinados por su propuesta y les
propongo que la tomemos, que cada uno se contacte con un sueño
que tiene pendiente y ahora, ya, que lo realice a través
del personaje, aunque sea por un momento. Está lanzada
la invitación. Insisto en que lo principal es dejar
que el personaje sea suficientemente libre en su mundo.
El sueño de mi personaje
es escribir. Escribir ahora mismo, sin orden ni plan.
Hoy escribe sobre los animales que matamos para comer porque
recuerda el breve prólogo de un librito de cocina vegetariana
que compró a un devoto del Hare Krishna en la calle:
nos hemos acostumbrado a matar, oler y masticar cadáveres,
sin pensar en el sentido de lo que hacemos, ni plantearnos
un cambio. La inercia y lo que llamamos “sentido común”
son más fuertes; es más fácil dejarse
llevar, es más fácil acordar un pacto silencioso,
aunque sea con el horror.
¿Por qué no
dejamos de comer animales?
Sin orden ni plan mi personaje
sigue escribiendo.
Recuerda ahora un reportaje
televisivo que vio hace unas semanas, mientras los bellos
atletas de las olimpíadas de Beijing ocupaban la pantalla
del mundo. En una comuna pobre de Santiago una mujer, llamada
La Tita, vivía en su pequeña choza acompañada
por muchos perros. Mientras la reportera hablaba de su caso,
la Tita miraba con inocencia la pantalla. Se veía saludable.
Decía que ella había sido víctima en
su propia casa, que habían entrado unos patos malos
y le habían pegado con palos y robado; que ella conocía
a la antigua alcaldesa, la no sé cuantito, decía,
pero que nadie la había ayudado, nadie. Su rostro hablaba
de otra cosa, su voz hablaba de otra cosa que ella decía
a pesar de ella, tratando de no molestar, claro, porque estaba
siendo entrevistada para un matinal, la estaba viendo todo
Chile.
La reportera se acercó
para compartir el plano e insistió:
-Pero, usted, Tita, ¿quiere que la ayudemos?
-¡Cht, claro, po´h mijita!
En ese momento, la reportera
arrugó la cara y se tocó el audífono
que la comunicaba con el estudio. Enseguida la pantalla fue
ocupada por el locutor del matinal y la reportera quedó
sin voz en un recuadro. La Tita, fuera.
Con inmediato fondo musical
endulzante, el locutor del matinal dijo que estos casos eran
muy delicados, que sinceramente respetaba mucho a los abuelitos,
pero, que a veces los mayores pierden sus facultades y no
saben lo que dicen y afectan a la familia o a otras personas,
sin querer, claro. Uno nunca sabe. Que por eso, de verdad,
creía que debíamos dejar esto en manos de especialistas,
por respeto. Uno nunca sabe.
Mi personaje se dio cuenta:
el reportaje se abortaba. La reportera visiblemente molesta,
insistía en acabar su nota, pero el locutor en el estudio,
con una sonrisa dentífrica, anunció que pasábamos
a comerciales.
Quizás los dioses
del Olimpo no hubieran visto más que a los atletas,
pero el reportaje ya había sonado en todo Chile: la
Tita criaba perros en su choza y se comía a los cachorros.
Verónica Ruiz
Santiago, Noviembre 2008

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