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Los
tres planos de conciencia
Para
trabajar con nuestros sueños hay tres palabras que debemos
conocer: consciente, subconsciente y superconsciente. Muchos de
nosotros las hemos oído alguna vez, advirtiendo que se trata
únicamente de términos inventados para facilitar el
estudio de ciertos aspectos de la psicología humana. A decir
verdad, nadie sabe si existen realmente un consciente, un subconsciente
y un superconsciente, pero, hasta que la ciencia haya desvelado
los misterios del cerebro, dichos términos seguirán
siéndonos útiles.
El consciente interpreta la realidad en nuestro
favor mientras permanecemos despiertos. Es la suma de todos los
pensamientos, sentimientos, sensaciones, creencias, observaciones
y acciones que somos capaces de reconocer o que consideramos como
ciertos mientras nos dedicamos a las cosas de cada día. Es
todo lo que podemos recordar, comprender o imaginar. El consciente
está formado en un cien por cien por lo que recordamos en
estado de vigilia.
El subconsciente guarda todo lo que percibimos,
pero que nos negamos a reconocer. Se asemeja a una habitación
a oscuras, sin una chispa de luz, que encierra el yo real, los verdaderos
pensamientos, los verdaderos sentimientos y las verdaderas creencias
del soñador. Esto no significa que las percepciones conscientes
sean falsas. Cierto que pueden serlo, pero, probablemente, una gran
parte del consciente se ajuste también a la verdad. El consciente
es como un cedazo. Toda la verdad que no alcance a retener se deslizará
hasta el subconsciente.
El subconsciente recuerda todo cuanto le ha sucedido
al soñante en la vida, bueno o malo, crea la energía
que le dirige y alberga sus necesidades y sus deseos. Casi todo
cuanto hacemos está motivado por esas necesidades y deseos,
tanto si son buenos para nosotros como si no. Cualquier «negatívidad»
que exista en su subconsciente se encuentra allí a causa
de las malas experiencias que ha tenido en su vida y que no ha querido
encarar todavía. Quizá esta cuestión no resuelta
provenga de una acumulación de frustraciones menores y de
otros acontecimientos desagradables, que le han llevado a forjarse
una opinión determinada sobre algo y considerarlo como verdaderamente
traumático.
La descripción de esta zona inferior de la
mente suena como si se tratase de un lugar pavoroso, y hay que reconocer
que lo es en parte. Mucha gente se niega a enfrentarse con sus miedos
y sus penas pasadas, prefiriendo pensar en ellos como si fuesen
el agua que pasa por debajo de un puente. Creen que, si esos pensamientos
reapareciesen en la superficie, sólo servirían para
perturbar la tranquilidad de su vida actual.
La verdad está en que los miedos y las penas
antiguos nos afectan precisamente, porque los reprimimos. Paradójicamente
pensamos que, si expulsamos miedos y dolores fuera de nuestro pensamiento
consciente dejarán de perturbamos. Lo cierto es todo lo contrario.
Nos preocupan a cada segundo que respiramos. Nos hacen sentimos
llenos de pánico y nerviosos, pero acabamos por acostumbramos
hasta tal punto a ese desasosiego que, cuando no lo experimentamos,
nos parece algo fuera de lo común. Se presenta en forma de
un ligero dolor de cabeza, tensión muscular, una vaga sensación
de hormigueo en el estómago o cualquier otro malestar de
escasa importancia. Pero cualquiera que sea el modo en que nos afecte,
solemos aceptarlo como parte inherente de nuestra estructura fisiológica.
Nos habituamos al desasosiego, dejamos de percibirlo.
Cuando trabajamos nuestros sueños, empezamos
a encarar y comprender nuestros pensamientos y sentimientos reprimidos,
tratando de mantener una actitud despreocupada durante el proceso.
No va a sucedernos nada malo. Abriremos las puertas de nuestra prisión
e iluminaremos los rincones tenebrosos, matando a los demonios que,
según imaginamos, se hallan en posesión de las llaves
y mantienen las luces apagadas.
El subconsciente es un lugar saludable. No quiere
conservar los miedos y los dolores que hemos depositado en él.
Quiere que los desterremos e intenta ayudarnos a conseguirlo a través
de nuestros sueños.
En cuanto al superconsciente, es el resultado de
la combinación del consciente y el subconsciente, a los que
reconcilia. Es la parte consciente del yo que conoce sin error y
que deja el corazón del soñante convencido de que
algo es verdad, la parte del yo que dice: «¡Aja! ¡Eso
es!».
Digamos que el superconsciente, como un ángel
de la guarda, armoniza la verdad con la vida y guía al soñante
por el camino más apropiado para él. Si consideramos
el cerebro como un ordenador biológico, diremos que el subconsciente
se compone de todos los datos con que se ha alimentado (y se sigue
alimentando) la memoria.
El consciente equivale a la parte que aparece en
la pantalla. Y si estiramos un poco las cosas para que encajen en
la metáfora y decimos que la impresora del ordenador actúa
como un censor omnisciente que sólo permite la impresión
de la información que constituye una verdad indudable, el
superconsciente será entonces la impresora de la mente.
Un sueño equivale a un intento del
subconsciente de enviar cierta información al consciente,
expresada mediante símbolos. El consciente ha de esforzarse
entonces por interpretar esos símbolos. Si la interpretación
es precisa, el superconsciente la reconoce como tal y dice al sujeto
que todo va bien. Entonces éste queda libre -en la práctica
más bien obligado- para resolver el problema.
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