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Mucho se ha hablado y se ha escrito acerca de las relaciones personales, y parece que nunca terminamos de aprender a relacionarnos con nuestros semejantes, y particularmente con nuestra pareja. En este ámbito de la vida, sufrimos un proceso de metamorfosis a lo largo de la relación, no importa cuanto dure esta. Al principio es la atracción, la pasión, el desenfreno, el enamoramiento, el dar y recibir casi incondicionalmente. No nos detenemos en los defectos o en las debilidades de cada uno. En realidad no hace falta. Solo existe este fluir desde la emoción y desde el corazón, al punto, muchas veces, de estar dispuestos a dejarlo todo por estar con esa persona. Sin embargo, en la medida en que establecemos una mayor confianza, un mayor conocimiento, en la medida en que intimamos con el otro, se va corriendo el velo que no nos permitía ver la totalidad, o al menos un poco más profundo, y comenzamos a descubrir algunas cosas que no nos gustan. Además nos volvemos aprehensivos, posesivos, dominantes, controladores, invasores de espacios y de tiempos, y de esta manera comenzamos a movernos con inconciencia, con desatino, sin respeto, olvidando el compromiso implícito del cuidado de la relación y de nuestro compañero. También cabe la posibilidad de que en vez de ser nosotros quienes lo hagamos, simplemente se lo permitimos a nuestra pareja, porque no ponemos limites, porque no queremos perder su amor, su aprecio y su cariño; o porque le tenemos miedo a la soledad, al abandono, a la falta de amor. Es así como comienza a deteriorarse poco a poco la relación y si no estamos atentos a estas manifestaciones, seguramente, con el tiempo se hará cada vez más difícil mantener el vínculo, llegando finalmente a esos quiebres emocionales que en la mayoría de las veces son indeseables y dolorosos, pero inevitables. Ahí sentimos que se nos va la vida, que nos morimos, y quedamos dañados interiormente, procurando recuperarnos poco a poco, pero con las heridas abiertas, sin sanar. Pero tampoco sabemos que hacer y cómo hacerlo. Quisiéramos encontrar la cura milagrosa que nos saque de esos estados de tormento, de sufrimiento, de dolor, sin que tengamos que hacer nada. Solamente cuando asumimos nuestras responsabilidades en la relación, cuando dejamos de ver al otro como el responsable de nuestra desgracia, cuando nos reconocemos como seres de luz con el derecho cósmico de ser felices, es cuando comenzamos a salir a flote, cuando comenzamos a transmutar el ciclo de desgracia y sufrimiento en un proceso de desarrollo y crecimiento personal y espiritual. Solo así podemos sacarnos el veneno de nuestro corazón, curarnos las heridas y hacernos todo un tratamiento de limpieza energética, psicológica y emocional necesarios para seguir adelante en nuestro camino de la vida.
Enero 2004 |
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