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Estos individuos tienden a recurrir una vez más a sus mecanismos defensivos de la infancia, en su mayor parte, de negación de la realidad, lo cual no resulta eficaz. En otros casos se sumergen también en la pérdida sufrida durante la infancia, además de la experimentada en el presente. Otros pasan la vida tratando de elaborar su culpa viviendo una vida de autocastigo. Estos individuos necesitan dirigir su enojo hacia afuera para poder ser libres. La pena que es inhibida por fin despoja de su propia vida a quien vive el duelo. Además, sentir el dolor de la herida no es más que la prueba de nuestra vulnerabilidad de seres humanos. La herida es la reafirmación de nuestra capacidad de establecer lazos de afecto, de comprometemos emocionalmente en el mundo y hallarle un sentido. La persona que vive una vida inmune a las heridas vive una vida inmune a la dicha. No hay manera de evitar el dolor si aspiramos a estar abiertos a la felicidad. Cuando nos sentimos heridos, necesitamos preguntamos: "¿Qué he perdido?" ¿Sabíamos que era tan importante para nosotros? Si no temamos conciencia de que lo era, ¿por qué no teníamos tal conciencia? No tener conciencia de nuestros compromisos emocionales significa ser peligrosamente vulnerables, incapaces de adaptarnos y protegemos como debemos. No todas las pérdidas permiten que nos protejamos contra ellas, pero por lo menos, debemos tener una noción clara de lo que es importante para nosotros. ¿De qué otro modo podemos tener una reacción apropiada, realista, al hecho de perderlo? También es importante saber cómo nosotros, como individuos, experimentamos la herida. Todo el mundo tiene sus propias señales. Algunos sienten dolor de estómago. Otros viven la herida como dolor en el pecho. Es posible tener una representación física de cualquier sentimiento. La tensión y la ansiedad se viven en general como músculos que se ponen tensos en la región del cuello, así como en otras regiones del cuerpo. El enojo provoca a menudo dolores de cabeza. La culpa y la depresión afectan la parte inferior de la espalda. Por ello, cuando analicemos cualquier situación en nuestra vida y abriguemos ciertos sentimientos frente a ella, analicemos asimismo nuestras reacciones físicas. Ello nos permitirá familiarizarnos con ellas y comprender el significado de nuestros propios síntomas físicos. A menudo esta expresión física aparece mucho antes de que cobremos conciencia del sentimiento que la provocó, como por ejemplo, la sensación de "cosquilleo" en el estómago antes de que nos demos cuenta de que estamos ansiosos. Nunca nos será posible utilizar esta información física con un máximo de beneficio hasta que hagamos el inventario de nuestros propios síntomas y establezcamos su relación con nuestras emociones. Esto puede exigir algún tiempo, pero, una vez adquirido este conocimiento significará un atajo en la búsqueda de soluciones que habrá merecido el esfuerzo realizado. Libro: El lenguaje de los sentimientos David
Viscott
Abril 2004 |
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