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Cuando necesitamos fingir ante nosotros que hemos alcanzado ya el éxito, no logramos otra cosa que preparar el camino para una pérdida grave en el futuro, cuando suframos la herida de no haber llegado a la altura de nuestras pretensiones. Como nuestra energía es limitada, es malgastarla hacer cualquier uso de ella que no sea la búsqueda de la verdad y de lo que nos ayuda a crecer o a decidir lo que es mejor para nosotros. Hacer otra cosa significa un drenaje de energías en el que terminamos por tratar de justificar algo que sencillamente no es verdad. Más aún, cuando utilizamos la energía para sostener una mentira, resulta cada vez más difícil distinguir qué es real, ya que hemos dedicado tanto de nosotros mismos y de nuestra energía a algo que es falso, que renunciar a ello es semejante a perder parte de nosotros mismos. Con el tiempo 'el temor a aceptar la verdad se agudiza y nos obliga a negar más y más de lo que es real. Cuando buscamos expresar un sentimiento que en su origen es doloroso, en lugar de sentir dolor o enojo por haber sido heridos, a menudo enterramos dicho sentimiento doloroso o bien lo expresamos de otra manera, o sea como un síntoma. Por ejemplo, existen síntomas compulsivos cuyo objeto es destruir "malos" sentimientos o bien alejarlos en forma mágica, como lo hace, por ejemplo, el lavado compulsivo de las manos. Existen los llamados síntomas de conversión, mediante los cuales, en lugar de sentir, una parte del cuerpo es simbólicamente afectada, como si en realidad se sufriera la ceguera antes que "mirar" sentimientos dolorosos. Existen enfermedades físicas que se agravan a causa de factores emocionales, desdoblamientos de la personalidad y negación de la realidad. La lista de síntomas posibles es interminable. El significado de cada uno de ellos es, con frecuencia, altamente personal y resulta claro solamente cuando se descubre el significado de los sentimientos simbólicamente contenidos en él. Los sentimientos pueden bloquearse en cualquier punto del proceso, en la amenaza, en la herida, en la ira, en la culpa o en la depresión. Lo esencial es que a menos que decidamos que vale la pena alcanzar nuestra máxima personalidad y el riesgo de experimentar la verdad de nuestros sentimientos, nos hallamos condenados a ser conducidos a dondequiera que nos lleven nuestras defensas. ¿Qué es posible aprender sobre nosotros mismos que no sospechemos ya? ¿Creemos, acaso, ser tan malvados que el descubrir la verdad nos destruirá? Es poco frecuente que la gente se desmorone al descubrir la verdad acerca de sí misma. La verdad es que, en general, como todo el mundo, tenemos defectos y no somos tan buenos como esperábamos, aunque al mismo tiempo somos mejores de lo que temíamos. Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de corregir aquellas fallas que son posibles de corregir y de aceptar aquéllas que no lo son para poder continuar creciendo y lograr convertirnos en lo que encierra nuestro potencial. Si aspiramos a crecer como individuos, debemos comenzar por aceptar el hecho de que como todos, somos humanos, vulnerables;, y susceptibles de ser heridos y que de todo ello puede surgir la posibilidad de liberarnos mediante la verdad. Ciertos individuos no fingen ser perfectos sino todo lo contrario, sugieren lo opuesto, que son lo peor de la especie humana, que no tienen cualidades compensatorias y que su vida es sin esperanzas, inútil. Estos individuos tienen los mismos problemas defensivos, aunque lo ignoran, que quienes afirman ser perfectos. Los que viven criticándose a si mismos y proclamando su inferioridad están diciendo, en realidad: “No se molesten en atacarme, pues yo mismo me he atacado ya y realizado la tarea mucho mejor que nadie". Encaran una herida potencial tratando de neutralizarla de antemano, superando a cualquier crítico que pueda surgir. ¿Cómo, en verdad, será posible atacarlos, cuando ellos mismos se encargan de atacarse? Mucho de los que afirman sobre si mismos puede ser verdad, pero no tanto, ni mucho menos, como además tratando de ocultar, y lo logran dando a sus problemas una apariencia tan abrumadora, que se diría que es una tarea sin esperanzas de éxito decidir cuál es el problema más importante y, mucho menos, intentar resolverlo. ¿Por qué tomarse el trabajo, entonces? El resultado final de este proceso de denigrarse a sí mismo es precisamente idéntico que el registrado en quienes niegan la existencia de todo problema. Ambos grupos consideran que no tiene objeto tratar de hacer nada en cuanto a sus propios problemas, en un caso, porque no los tienen; y en el otro, porque sólo tienen problemas insolubles. En presencia de sentimientos heridos y de pérdida, resulta notable cuánto nos asemejamos todos. Libro: El lenguaje de los sentimientos David Viscott
febrero 2004 |
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