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El hecho de sentirse dañado o lesionado es conocido asimismo como sentirse "mal". Sentirse mal es una expresión amplia y vaga que utilizamos para describir toda clase de sentimientos, sin admitir demasiado. La persona se siente herida cuando siente que ha perdido algo.
Cuanto más importante es la pérdida, tanto más importante el daño. A menudo no comprendemos la importancia que tiene algo para nosotros hasta que lo perdemos. Las defensas que nos ayudan a manejar nuestro mundo actúan en gran medida protegiéndonos de la vulnerabilidad a la pérdida. Todos nos sentimos vulnerables frente a algo y ninguno de nosotros se siente completamente seguro. Aceptar nuestra vulnerabilidad en lugar de tratar de ocultarla es la mejor manera de adaptarse a la realidad.
Cuando vivimos fingiendo que no es posible herirnos, o bien que sólo es capaz de herirnos un número limitado de pérdidas, hacemos algo más que engañamos a nosotros mismos. Nos subestimamos en cuanto a nuestras posibilidades. Decir que no podemos ser heridos es otra manera de decir que no nos importa nada de nosotros mismos, de nuestro mundo, ni de quienes viven en él. Si no somos vulnerables a la pérdida, el grado en que estamos involucrados en el mundo no es, con toda probabilidad, muy profundo.
Las personas que sólo forman lazos superficiales tienen un exagerado temor de acercarse demasiado a otras personas. Temen ser objeto de abandono, traición o rechazo, a pesar de que su estilo exterior de vida dé a otros la impresión de que no hay nada en el mundo capaz de molestarlas nunca. Si alguien se crea un estilo de vida a manera de foso que lo aísle de verse envuelto en otras relaciones, cabe abrigar pocas dudas de que en la vida de dicha persona hay poca felicidad, ya que cualquier cosa que actúa como defensa rígida aísla al individuo de la dicha, a la vez que del dolor.
La persona con defensas rígidas vive a menudo en un mundo con aspecto neutro y sin color y que ofrece poco movimiento o variedad. Tanto es retenido por el tamiz de sus defensas, que su opaca y aburrida percepción del mundo se auto perpetúa. La alegría es lo opuesto del dolor. En lugar de algo que se agota se recibe con ella algo que nutre. Quienes son incapaces de aceptar ser heridos son también incapaces de dar placer a otros. Ambos procesos exigen la apertura. Ser abierto significa ser vulnerable, ser capaz de sentirse herido y también de dar placer.
Todo el mundo ha experimentado el ser herido en su vida. A menudo las pérdidas más obvias, aun para el observador superficial, son difíciles de reconocer para nosotros, porque sufrimos más intensamente en los puntos donde actúan nuestras defensas. El descubrir qué significa una pérdida para nosotros es el primer paso para comprender el dolor de ser heridos y sobreponernos a él.
Los niños tienden a sentirse inseguros y vulnerables porque son pequeños y hasta cierto punto indefensos, y dependen de la fuerza de otros. Tienen que mantener una buena relación con su benefactor, lo cual implica no hacer nada que les prive de la relación protectora. La gente joven no siente que es su propia persona. No siente que puede ser su propia persona, sin incurrir en cierto riesgo de perder la protección de los otros.
Cuando crecemos llegamos a comprender que por fuerte que haya sido la persona que nos protegió no siempre es posible contar con dicha protección, y aun cuando podía dárnosla, no siempre sabía por qué nos sentíamos amenazados, ni contra qué protegernos.
La condición infantil de ser vulnerables también implica ser abiertos. La mayoría de las personas, sin embargo, no puede soportar mucho tiempo esta condición sin colocarse pronto en posición defensiva. Preferimos ser protegidos a arriesgarnos a quedar abiertos a la herida. Para aceptar esta condición de vulnerables sin que ello implique volvernos defensivos, debemos tener la convicción sólida de nuestra propia bondad y fuerza interior, la convicción de que, sea lo que fuere que surja en nuestro camino, seremos capaces de encararlo de alguna manera.
También es necesario saber que cualesquiera sean nuestros defectos, no son únicos, ni muy diferentes de los de otros. Tampoco son tan graves como creíamos. Cuando tenemos oportunidad de cambiar opiniones y experiencias con otros, descubrimos que, en realidad, son pocas las personas con quienes estaríamos dispuestos a cambiar nuestros defectos por los de ellos.
El punto decisivo para un cambio de actitud en la mayoría de la gente es aquel en el que se acepta la inseguridad y se abandona el esfuerzo para ocultarla. Cabrá celebrar, entonces, el día que comprendamos que nuestras imperfecciones son humanas y que tratar de ocultar nuestros problemas no hace más que hacerlos más evidentes para los demás y más difíciles aún de corregir. Cuando se vierten energías para ocultar faltas, resta poca para corregirlas.
Lo esencial es hacer uso de nuestra experiencia y dejar que ella nos señale nuestras fallas al mismo tiempo que nuestras cualidades. Tal proceso nos da la definición de nosotros mismos. ¿Por qué perder el tiempo señalando problemas que advertimos en otros, pero que somos incapaces de contemplar en nosotros mismos?
Libro: El lenguaje de los sentimientos David Viscott
diciembre 2003 |
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