Extracto del libro "Droga y Alcohol. Enfermedad de los Sentimientos", Editorial Mercurio- Aguilar. Escrito por Raul Schilkrut y Maite Armendáriz.

Vivimos en pleno una epidemia de drogas y la forma más habitual de adquirirla es el carrete, expresión chilena de la “movida española”. La prevención con ciertas características es efectiva. Los programas más exitosos son los que se implementan en los lugares donde las personas pasan la mayor parte de su tiempo: la familia, el trabajo, la escuela, centros de estudios superiores y organizaciones comunitarias. Pero fundamentalmente los padres involucrados pueden prevenir. La prevención en los niños no es sólo darles información, tiene que ver con el desarrollo de ciertas habilidades psicológicas y de la autoestima. La oferta de droga siempre es súbita. En último término, su aceptación o rechazo será consecuencia de los valores que rigen el comportamiento de la persona.


Reina el carrete, ¿mueren los sueños…?
El carrete no para, las fiestas se comunican vía chateo o por mail. Ya no sólo suenan los teléfonos de la casa, cada cual tiene su celular para fijar las movidas de la noche. Son varias. Todos pululan de casa en casa, de pubs en discotecas, de esquina en esquina. Se va a todas y no se está en ninguna:

“Pero si todos lo hacen”. “Van todos, mamá”. “No voy a ser la única que falle…”, suelen argumentar los jóvenes. En tanto, los padres, tras preguntar al menos “con quién regresas?”, vuelven a consentir:

“Estamos demasiado cansados de controlar”, asegura un papá. “No queremos más guerra a las 12 de la noche, cuando recién comienza el carrete. Y el niño o la niña de nuestros ojos vuelve a llegar casi al amanecer pasado a trago y cigarro”. Todos los fines de semana, ahora incluso los jueves, pasa lo mismo. Durante los veranos casi todos los días ocurre igual…

La organización parte definiendo quién comprará “el copete” para iniciar la noche. “Pisco a media”, una botella de pisco para dos, es la dosis para empezar.

Las sirenas suenan, los autos circulan a toda carrera. Y los jóvenes y jovencitas, con sus ojos vidriosos y hablar traposo, incluso algunos amenazantes, transitan bamboleantes riendo sin parar envueltos en la noche. Unos 400 mil jóvenes, de entre nueve y 15 años, toman licores a diario y 200 mil jóvenes ya son alcohólicos, anunciaba la prensa diez después que entrara en vigencia la nueva ley de alcoholes, que tras fijar horarios en botillerías, discotecas, restaurantes y pubs, subir multas y años de cárcel para los infractores, intenta reducir la ingesta de alcohol y disminuir los accidentes de tránsito. La nueva normativa se enfrenta con un hábito arraigado en muchos adolescentes, como aquellas prácticas que a esta altura es ya una costumbre de quienes expenden trago a menores, con ofertas combo de cinco cervezas por $3.000 o cinco piscolas a $6.000.

“Ah, no; así no es mi hijo… Mi hijo estudia en la universidad…”.

Sucede que los universitarios justamente constituyen el segmento de la población más expuesto a las drogas y en la mayoría de esas casas de estudios o institutos no hay programas de prevención y menos de rehabilitación. Según el primer perfil de consumo de drogas en universitarios chilenos entregado por Conace en los estudiantes de educación superior, la tasa de consumo reciente de marihuana es de 16,8% y de cocaína, 3,55%.
Progresivamente aumenta el número de menores de 20 que consultan por consumo de droga o alcohol. Entre el 30 y 40% de quienes llegan a diagnosticarse no son mayores de edad.

Puede que hasta entonces eran buenos alumnos y tenían una buena relación con sus pares, pero sus padres están alarmados porque sistemáticamente notan que han tomado mucho. Están en fase de abuso, aunque no todavía de dependencia, pero su consumo puede volverse problemático. De acuerdo al mismo estudio de Conace, en población escolar de 2001, el que bebe alcohol tiene 17 veces más posibilidades de fumar marihuana en comparación con quien no toma, con un 1,9%. Dos años antes, Conace ya había determinado que 33 de cada 100 hombres y 28 de cada 100 mujeres entre 12 y 18 años “toman” habitualmente. Si a ello se le agrega que hoy la venta de marihuana, cocaína y éxtasis no es ajena al circuito donde los jóvenes frecuentan, el riesgo está latente. Por eso “prever en vez de curar” es tremendamente importante. El ideal es lograr que los bebedores ocasionales dejen de tomar esas cantidades todos los fines de semana. Es la única manera de evitar que se vuelvan consumidores problemáticos y que se salven de sufrir accidentes lamentables mientras están en pleno carrete. Los centros de urgencia constatan que este grupo sufre más contusiones, intoxicaciones y se involucran en más actos de violencia que entre aquellos que saben divertirse sanamente. Siete mil seiscientas personas mueren al año en Chile por causas relacionadas directamente con el consumo de alcohol. El 2003 resultaron heridos en accidentes de tránsito 9.762 muchachos entre 15 y 25 años. Doscientos noventa y cinco murieron. Más de la mitad de ellos sufrieron su accidente fatal entre las 5 y 6 de la madrugada, durante una noche de sábado para domingo...

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