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Por qué se está haciendo tan difícil ser padres?
¿Por qué hemos llegado a sentir que no podemos
hacerlo, que no tenemos la suficiente habilidad
y que necesitamos estar permanentemente apoyados
por especialistas en todas las áreas para poder
desempeñarnos en esa tarea de acoger, escuchar y
conducir a otro ser humano? |
El surgimiento de especialidades que apoyan el
desarrollo de los niños pueden sernos útiles en algunas
circunstancias, pero hemos creado una cultura en que si
no están algún «ólogo» o en algún curso
extra-programático de algo, sentimos que se están
quedando atrás. Esto se debe a que nos hemos creído el
cuento de que para salir adelante hay que entrar en una
lucha de competencia, ataque y defensa, como si vivir
fuera una guerra y educar, un entrenamiento para
constituirse en una persona armada de recursos para
ganarles a los demás.
A partir de esto, en la más profunda desconfianza
a lo que son, los educamos en sistemas estresantes que
no se adaptan a las necesidades, intereses y ritmos de
los niños. A su simple curiosidad y necesidad de jugar y
aprender. Y, al mismo tiempo, los saturamos de
actividades y cursos, y los ponemos en manos de otros
que saben nosotros.
Así es como los que realmente podríamos conocerlos
y acogerlos, porque hemos estado con ellos desde antes
de nacer, nos alejamos y dejamos que otros se
interpongan y se constituyan en los puntales de nuestra
relación y su proceso. Al desautorizarnos, nos vamos
inhabilitando como auténticos facilitadores de su
desenvolvimiento, y perdemos la sensibilidad a lo que
ese ser esta necesitando: compañía, dejarlo ser o
ponerle límites.
No quiero decir que a veces no necesitemos ayuda;
esta puede sernos útil y orientadora en ocasiones, pero
hemos llegado a crear una cultura de papas asustados que
a partir de la premisa de su incapacidad para criar, han
ido perdiendo la confianza en esas «antenitas» que nos
hacen saber ser asertivos en relación a lo que está
ocurriendo.
¿No será que estamos creando estilos de vida tan
exigentes y complicados, desenvolviéndonos en valor que
nos generan estrés, que tememos que los niños y los
jóvenes simplemente no sean capaces de ser hábiles
vivir?
Nuestra relación con los hijos está cruzada por el
miedo. Nuestros propios miedos a la vida, por la
enfermiza actitud de nuestra cultura de tenerlo todo
controlado como si a la existencia se le pudiera poner
riendas. Nuestra necesidad de asegurarnos más de la
cuenta de que tendrán éxito, que destacarán, a pesar de
que sabemos que no controlamos nada, que las cosas no
resultan de acuerdo a lo previsto, que no tenemos todas
las variables en la mano y que la vida de ellos será una
aventura de descubrimientos, caídas y encuentros de todo
lo que es el vivir humano.
Por último, la idea de que la existencia es una
lucha incesante donde predomina el más fuerte, deviene
de un modelo que hemos sustentado por siglos y que ha
llevado a los humanos a probar el amargo sabor de la
infelicidad.
Hoy sabemos que el devenir de la naturaleza se
funda básicamente en actos de colaboración y apoyo
mutuo, y somos las generaciones actuales las llamadas a
fundar un vivir en el compartir y cooperar, apoyando a
nuestros hijos en su expresión, dándoles el mensaje de
confianza: las puertas irán desplegándome a tiempo y la
vida puede ser una bella aventura de amor y creatividad.
Marzo 2005 |