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Cuando
nos enfrentamos a una tragedia a nivel mundial y,
por ende, a períodos de destrucción y
sufrimiento, se abre una brecha en la conciencia
de todos nosotros, un espacio de insondable ambigüedad
donde todo lo que parecía estar claro se
derrumba. Las certezas y seguridades se pierden y
somos presa de una incertidumbre total, donde solo
hay dos opciones: la nada o la creación de un
mundo nuevo.
Se
trata de una brecha en que es imprescindible mirar más
allá del hecho catastrófico en sí para que se nos
abra la posibilidad de reflexionar acerca de los valores
y modelos que están sustentando nuestra vida, de las
causas profundas que generan esta odiosidad y sobre
todo, de cómo abrir nuestra conciencia a una nueva era
de solidaridad mundial.
Detrás
de los hechos que nos tienen sumidos en una profunda
sensación de desaliento, dolor y estupor, hay cadenas
de causas que es fundamental ver claramente para generar
un nuevo estado de cosas en la tierra. Los hechos no
ocurren aisladamente, sino que se encuentran insertos en
una configuración de causas y efectos, de ataques y
contraataques, del modo peculiar de egoísmo y luchas de
poder que sustentan nuestro modelo de convivencia
actual. Por ejemplo, el ataque a las Torres Gemelas no
ocurrió allá lejos; ocurre cada día a cada instante
en las relaciones interpersonales, en las ciudades, en
ese desparpajo con que miramos el dolor de otros, sin
comprender que este es también nuestro. Detrás de esto
hay un modo de concebir la vida que nos está
destruyendo, un modo que está sustentado en el
egocentrismo, en la preocupación por satisfacernos a
nosotros mismos y luchar denodadamente por nuestros
intereses, nuestro núcleo afectivo, nuestro país, en
desmedro de las necesidades de los demás. Un modelo que
se sustenta en la exclusión, en nosotros defendiéndonos
de los otros, tratando de sacar la mayor tajada, para
luego encerrarnos a disfrutarla sin importar lo que pasa
con los demás.
No
se trata de una nación en especial, sino de un
paradigma, de un conjunto de nociones, creencias y
maneras de concebir la realidad que todos compartimos y
que todos somos responsables de sustentar. La mirada
egocéntrica, egoísta, está agotada. El pensar que yo
puedo estar bien mientras los otros están mal, es
simplemente ignorancia. Todos somos uno, el planeta y
sus habitantes constituyen una gran trama
interrelacionada. No es posible estar bien si el todo no
está bien. Necesitamos de una mirada global,
planetaria, como si fuéramos un gran organismo que
requiere coordinar sus esfuerzos para el bien general.
De una ética sistémica en que pensemos y obremos en términos
del mayor bien.
Necesitamos
dejar de entender la vida como una lucha de oposiciones
para abrirnos a la posibilidad de concertarnos. Lo que
hemos hecho hasta ahora es excluir al que piensa
distinto, en la lógica «yo estoy bien, tú estás mal».
«Alguien tiene que parar esto y esa soy yo», es el
predicamento, cuando lo razonable es darme cuenta de que
el otro es tan válido como yo. La ley del amor que ha
sido proclamada por todos los líderes espirituales del
planeta, es lo único que en lo concreto puede
salvarnos. Un amor vivido en la aceptación del otro, en
la visión del bien común, en la disposición a dejar
espacio para todos, en políticas personales y mundiales
en que todos estemos incluidos y las decisiones sean
globales, en que todos seamos capaces de ceder terreno
para dar cabida a los demás, es lo único que nos
llevará a ese mundo que anhelamos.
Especialmente
en momentos de crisis y oscuridad, es fundamental
proyectar este tipo de ideas y actitudes al campo mental
humano para acrecentar la luz.
Febrero,
2004
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