Patricia May U.

Antropóloga

 

 

 

 

  La Ley del Amor

Patricia May U.

  

Cuando nos enfrentamos a una tragedia a nivel mundial y, por ende, a períodos de destrucción y sufrimiento, se abre una brecha en la conciencia de todos nosotros, un espacio de insondable ambigüedad donde todo lo que parecía estar claro se derrumba. Las certezas y seguridades se pierden y somos presa de una incertidumbre total, donde solo hay dos opciones: la nada o la creación de un mundo nuevo.

 

Se trata de una brecha en que es imprescindible mirar más allá del hecho catastrófico en sí para que se nos abra la posibilidad de reflexionar acerca de los valores y modelos que están sustentando nuestra vida, de las causas profundas que generan esta odiosidad y sobre todo, de cómo abrir nuestra conciencia a una nueva era de solidaridad mundial.

   

Detrás de los hechos que nos tienen sumidos en una profunda sensación de desaliento, dolor y estupor, hay cadenas de causas que es fundamental ver claramente para generar un nuevo estado de cosas en la tierra. Los hechos no ocurren aisladamente, sino que se encuentran insertos en una configuración de causas y efectos, de ataques y contraataques, del modo peculiar de egoísmo y luchas de poder que sustentan nuestro modelo de convivencia actual. Por ejemplo, el ataque a las Torres Gemelas no ocurrió allá lejos; ocurre cada día a cada instante en las relaciones interpersonales, en las ciudades, en ese desparpajo con que miramos el dolor de otros, sin comprender que este es también nuestro. Detrás de esto hay un modo de concebir la vida que nos está destruyendo, un modo que está sustentado en el egocentrismo, en la preocupación por satisfacernos a nosotros mismos y luchar denodadamente por nuestros intereses, nuestro núcleo afectivo, nuestro país, en desmedro de las necesidades de los demás. Un modelo que se sustenta en la exclusión, en nosotros defendiéndonos de los otros, tratando de sacar la mayor tajada, para luego encerrarnos a disfrutarla sin importar lo que pasa con los demás.

   

No se trata de una nación en especial, sino de un paradigma, de un conjunto de nociones, creencias y maneras de concebir la realidad que todos compartimos y que todos somos responsables de sustentar. La mirada egocéntrica, egoísta, está agotada. El pensar que yo puedo estar bien mientras los otros están mal, es simplemente ignorancia. Todos somos uno, el planeta y sus habitantes constituyen una gran trama interrelacionada. No es posible estar bien si el todo no está bien. Necesitamos de una mirada global, planetaria, como si fuéramos un gran organismo que requiere coordinar sus esfuerzos para el bien general. De una ética sistémica en que pensemos y obremos en términos del mayor bien.

  

Necesitamos dejar de entender la vida como una lucha de oposiciones para abrirnos a la posibilidad de concertarnos. Lo que hemos hecho hasta ahora es excluir al que piensa distinto, en la lógica «yo estoy bien, tú estás mal». «Alguien tiene que parar esto y esa soy yo», es el predicamento, cuando lo razonable es darme cuenta de que el otro es tan válido como yo. La ley del amor que ha sido proclamada por todos los líderes espirituales del planeta, es lo único que en lo concreto puede salvarnos. Un amor vivido en la aceptación del otro, en la visión del bien común, en la disposición a dejar espacio para todos, en políticas personales y mundiales en que todos estemos incluidos y las decisiones sean globales, en que todos seamos capaces de ceder terreno para dar cabida a los demás, es lo único que nos llevará a ese mundo que anhelamos.

  

Especialmente en momentos de crisis y oscuridad, es fundamental proyectar este tipo de ideas y actitudes al campo mental humano para acrecentar la luz.

 

Febrero, 2004

 

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