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En
el transcurso de mi vida personal y de los otros,
me impresiona ver cómo lo que alguna vez supe a
nivel intelectual, el principio de causa y efecto,
aquello de que nuestros pensamientos y acciones
son simientes de la situación que posteriormente
se irá desenvolviendo en nuestra existencia, de
que en cada instante estamos sembrando futuro, es
un principio insoslayable que tarde o temprano
aprendemos a reconocer.
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Al
vivir estamos constantemente eligiendo: la vocación, la
pareja, el trabajo y otra serie de cosas pequeñas que
conlleva el quehacer diario. Sin embargo, hay una elección
de la cual pocas personas son conscientes y que tiene
que ver con el sentido de existir: la inspiración de
fondo que irá sutilmente modelando las acciones
concretas a realizar.
En
el tema de las elecciones hay niveles y, en una vida
consciente, estos deberían estar claros. El nivel más
abarcante y de fondo —en torno al cual deberían
organizarse todos los demás— tiene que ver con el
llamado del alma a actualizar y entregar aquello que
soy. Este ser que mora en el centro de la conciencia
humana es el punto central de lealtad, fidelidad y
sumisión al cual los seres humanos debemos responder.
Nuestras «fallas» tienen que ver con no ser lo
suficientemente fuertes y conectados como para responder
a nuestra alma. El alma mora en la plenitud, en la
potencia de ser, y si pudiéramos expresarlo así, su
anhelo es irradiar su luz en el mundo de manera potente,
amorosa, sabia, armónica y clara.
Son
aún escasas las personas que teniendo un contacto con
este ser central, son fieles a sí mismas y se evalúan
en relación a acertar o a fallarse a sí mismas en su
razón de estar en el mundo.
El
sentido de vida alineado con lo que somos debería
entonces constituir la viga central en torno a la cual
escogemos. No traicionar a nuestro ser. Responder a la
vocación, a la voz interna. Todas las decisiones que
tomamos ya sea de estudio, trabajo, familia, uso del
dinero y del tiempo, se pueden catalogar en relación a
si están respondiendo a lo que anhelamos en el alma, a
lo que somos.
Lamentablemente,
la actual mentalidad nos llama a vivir en forma
permanente centrados en valores exteriores, en estímulos
que tienen que ver más con la apariencia, lo que
constituye la gran dictadura inconsciente de nuestros
tiempos. Esta dictadura es especialmente grave porque se
cuela por debajo del umbral de la conciencia.
Sucede
que después de muchos años de ser fieles a ella, quizás
un día despertemos, ya sea por algún gran golpe vital
o por alguna crisis interna (que siempre es un llamado
del alma), y nos demos cuenta de cuan hipnotizados hemos
vivido, haciendo elecciones y tomando caminos que no
tienen nada que ver con lo que realmente anhelamos.
Ser
fiel al alma no es responder a los cambiantes estados
emocionales, a los entusiasmos pasajeros, a los esquemas
mentales y, obviamente, está alejado del tema de la
imagen o de la valoración de los otros. Ser fiel al
alma es responder a ese sonido de fondo que nos inspira,
que tiene que ver con nuestra razón de vivir, que nos
entusiasma como algo que hace que nuestra existencia
valga la pena y nos conecta con la idea del legado que
quisiéramos dejar al partir hacia otras dimensiones.
Junio
2004
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