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La
idolatría fue rechazada hace milenios por líderes
espirituales de culturas tan diversas como la judía
o la india. Sin embargo, la veneración hacia las
formas externas por sobre la esencia que ellas
representan, sigue presente y más vigente que
nunca. La obsesión por la imagen se ha convertido
en una preocupación constante y prioritaria que
afecta cada minuto de nuestra vida.
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Dedicamos
una cantidad enorme de energía a parecer bien, aun
cuando sacrifiquemos nuestro verdadero estado, necesidad
o anhelo del momento. La preocupación narcisista
acarrea una enorme infelicidad, en tanto transforma la
existencia en un permanente empeño por olvidar lo que
somos, para mostrar ante el mundo una máscara ajustada
a lo que una invisible mentalidad colectiva considera
ideal. Parecer exitoso, buenmozo, inteligente, hábil,
capaz y, por supuesto, eternamente joven, son los
obsesivos dictámenes bajo los cuales vivimos y,
condicionados por ellos, vamos ahogando a nuestro
verdadero ser.
En
la búsqueda de la aceptación y el amor, afán básico
de todo ser humano, nos perdemos proyectando
apariencias, en el supuesto de que nos traerán mayor
afecto de los demás. Así, perdemos la posibilidad del
contacto simple y real con otro ser humano en un auténtico
encuentro amoroso y sin juicios.
Vivir
en la imagen es vivir en el disfraz y en el juzgamiento
que yo y los demás hacemos de mi apariencia. Es vivir
fuera de mí, como si estuviera parado al frente, observándome
y ajusfando siempre mi expresión personal al esquema
preestablecido de lo que tengo que mostrar. Estar
permanentemente preguntándose si les pareceré lo
suficientemente talentoso, apto, sexy, joven, brillante,
bondadoso, es una tarea agotadora y sin fin, pues nunca
nos parecerá suficiente. Buscaremos más y más
aprobación, forzando la imagen que nos obsesiona para
resultar grato y apreciado por los otros. Esta actitud
en su extremo nos está llevando a la anorexia, a la
obsesión enfermiza por las cirugías estéticas y otras
amarguras.
El
único modo de ajustamos a una imagen es negándonos a
nosotros mismos, haciendo oídos sordos a nuestras
necesidades y anhelos de simples seres humanos y, por lo
mismo, con crisis, dudas y certezas, cansancios y
pujanza, fuerza y vulnerabilidad.
El
ser yace ahogado y reprimido en nuestro interior, por
ello es que vemos tantos rostros, cuerpos,
comportamientos y sentimientos estereotipados, y son tan
escasas las personas que logran expresarse y generar líneas
de pensamiento y acción creativos, únicos y auténticos.
Tenemos una gran masa disfrazada de chispeante alegría
y éxito, pero algo no huele bien allí.
El
ser humano real con sus alegrías y tristezas, fracasos
y triunfos, anhelos y búsqueda, belleza y fealdad,
inteligencia y estupidez, no aparece y lo que vemos es
una vida de mentiras, de apariencias. Como en la alegoría
platónica, nuestro ser está prisionero en el interior
de nuestra caverna y, mientras más lo ahogamos, más
presiona por salir y hacernos reconocer su existencia,
por ello nos enfermamos y entramos en crisis de sentido.
Nadie
puede vivir toda la vida pareciendo algo, ajustándose a
lo perfecto. Cualquiera sea su concepto de perfección,
tarde o temprano, las fuerzas humanas que se ocultan
tras la máscara querrán expresar su verdad múltiple
que no se ajusta a ningún esquema. Nada más bello que
la vida como es, en su inasible diversidad; nada más
bello que el ser humano real.
Agosto
2004
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