Patricia May U.

Antropóloga

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Quién es Patricia May? 

  Idolatrías de nuestro tiempo II

Patricia May U.

La idolatría fue rechazada hace milenios por líderes espirituales de culturas tan diversas como la judía o la india. Sin embargo, la veneración hacia las formas externas por sobre la esencia que ellas representan, sigue presente y más vigente que nunca. La obsesión por la imagen se ha convertido en una preocupación constante y prioritaria que afecta cada minuto de nuestra vida.

  

Dedicamos una cantidad enorme de energía a parecer bien, aun cuando sacrifiquemos nuestro verdadero estado, necesidad o anhelo del momento. La preocupación narcisista acarrea una enorme infelicidad, en tanto transforma la existencia en un permanente empeño por olvidar lo que somos, para mostrar ante el mundo una máscara ajustada a lo que una invisible mentalidad colectiva considera ideal. Parecer exitoso, buenmozo, inteligente, hábil, capaz y, por supuesto, eternamente joven, son los obsesivos dictámenes bajo los cuales vivimos y, condicionados por ellos, vamos ahogando a nuestro verdadero ser.

  

En la búsqueda de la aceptación y el amor, afán básico de todo ser humano, nos perdemos proyectando apariencias, en el supuesto de que nos traerán mayor afecto de los demás. Así, perdemos la posibilidad del contacto simple y real con otro ser humano en un auténtico encuentro amoroso y sin juicios.

  

Vivir en la imagen es vivir en el disfraz y en el juzgamiento que yo y los demás hacemos de mi apariencia. Es vivir fuera de mí, como si estuviera parado al frente, observándome y ajusfando siempre mi expresión personal al esquema preestablecido de lo que tengo que mostrar. Estar permanentemente preguntándose si les pareceré lo suficientemente talentoso, apto, sexy, joven, brillante, bondadoso, es una tarea agotadora y sin fin, pues nunca nos parecerá suficiente. Buscaremos más y más aprobación, forzando la imagen que nos obsesiona para resultar grato y apreciado por los otros. Esta actitud en su extremo nos está llevando a la anorexia, a la obsesión enfermiza por las cirugías estéticas y otras amarguras.

  

El único modo de ajustamos a una imagen es negándonos a nosotros mismos, haciendo oídos sordos a nuestras necesidades y anhelos de simples seres humanos y, por lo mismo, con crisis, dudas y certezas, cansancios y pujanza, fuerza y vulnerabilidad.

  

El ser yace ahogado y reprimido en nuestro interior, por ello es que vemos tantos rostros, cuerpos, comportamientos y sentimientos estereotipados, y son tan escasas las personas que logran expresarse y generar líneas de pensamiento y acción creativos, únicos y auténticos. Tenemos una gran masa disfrazada de chispeante alegría y éxito, pero algo no huele bien allí.

 

El ser humano real con sus alegrías y tristezas, fracasos y triunfos, anhelos y búsqueda, belleza y fealdad, inteligencia y estupidez, no aparece y lo que vemos es una vida de mentiras, de apariencias. Como en la alegoría platónica, nuestro ser está prisionero en el interior de nuestra caverna y, mientras más lo ahogamos, más presiona por salir y hacernos reconocer su existencia, por ello nos enfermamos y entramos en crisis de sentido.

  

Nadie puede vivir toda la vida pareciendo algo, ajustándose a lo perfecto. Cualquiera sea su concepto de perfección, tarde o temprano, las fuerzas humanas que se ocultan tras la máscara querrán expresar su verdad múltiple que no se ajusta a ningún esquema. Nada más bello que la vida como es, en su inasible diversidad; nada más bello que el ser humano real.

Agosto 2004

 

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