Patricia May U.

Antropóloga

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Quién es Patricia May? 

  Idolatrías de nuestro tiempo I

Patricia May U.

La cultura occidental suele ser despectiva con otros pueblos al tildarlos de fetichistas. Sin embargo, si algo caracteriza a nuestros tiempos es la adoración a bastiones de poder, prestigio e imagen que perfectamente podríamos entender como idolatrías.

 

Por ejemplo, el dinero, al que identificamos con el valor personal, el poder y la felicidad, ha llegado a constituirse en un elemento de culto. Su posesión y los signos que la denotan: la clínica en que se nace, el barrio en que se vive, el colegio al que se asiste, la marca de las ropas que se usan, los lugares en que se veranea, los deportes que se practican, los círculos que se frecuentan y hasta el cementerio en que se termina, son manifestaciones de esta idolatría. Por el dinero y las puertas que abre se está dispuesto a una cotidianidad de insatisfacciones, falta de espacios de tranquilidad, disfrute y comunicación.

  

De este modo, el dinero deja de ser un medio y pasa a ser un fin. Sin darnos cuenta, caemos en la ilusión de que producir bienes y acceder a actividades o lugares exclusivos, nos otorgará seguridad y felicidad. Y nos enganchamos con un modo de vivir que no podemos detener y que, en escasos instantes de lucidez, nos lleva a preguntamos para qué necesitamos tantas cosas o actividades, si los momentos de verdadera plenitud son tan simples, tan despojados de todo aparataje.

  

El que los grandes sueños de las personas tengan que ver con más y más dinero, trae como consecuencia natural la justificación de cualquier medio con tal de obtenerlo. No es de extrañar entonces la corrupción en todos los ámbitos y sectores; casi podríamos decir que es perfectamente natural dentro de los valores que sustentamos.

  

Mientras las naciones sigan midiendo su importancia en relación a su riqueza, mientras las personas sigamos ligando nuestro valor y autoestima en relación a los bienes, mientras identifiquemos felicidad con posesiones, seguiremos dispuestos a sacrificar nuestra salud, afectos, honorabilidad y calidad de vida con tal de tenerlas.

 

Las personas que salen al tapete mostrando cómo han hecho cosas reprobables por acceder a las ventajas que acarrea el dinero, no hacen más que demostrarnos las incongruencias de una cultura que predica virtudes, pero que en lo concreto vive centrada en el poder y el prestigio que da la riqueza material.

  

En vez de escandalizarnos sintiendo que ellos son los malos y nosotros los honorables, podríamos aprovechar la oportunidad para mirar las causas profundas que generan estos comportamientos en que estamos todos involucrados. Mientras el dinero y sus iconos sigan siendo un fin en sí, seguirá habiendo corrupción, narcotráfico, prostitución, pobreza y otros condimentos propios de una cultura idólatra, que ha identificado la razón de existir con el hedonismo y el consumo.

 

La gran oportunidad que nos ofrece este momento es preguntarnos hasta dónde somos arrastrados por el espejismo y la ambición de tener más y más, o de mantener un ritmo de vida poco humano para salvaguardar nuestro estatus; dónde tenemos puesto nuestro tesoro; qué es lo que más custodiamos en la vida: nuestras posibles o actuales riquezas materiales, o la plenitud y realización humanas.

  

El dinero es energía y si pudiéramos entenderlo como un medio para expresar al ser y la felicidad fuera comprendida como la plenitud de la expresión del alma, necesitaríamos menos cosas. Buscaríamos calidad de vida, equilibrio. Apreciaríamos a las personas por lo que son y expresan, por el aporte que hacen al medio. Entenderíamos la sencillez como un valor que regocija al corazón.

 

 

Agosto 2004

 

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