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La
cultura occidental suele ser despectiva con otros
pueblos al tildarlos de fetichistas. Sin embargo,
si algo caracteriza a nuestros tiempos es la
adoración a bastiones de poder, prestigio e
imagen que perfectamente podríamos entender como
idolatrías.
Por
ejemplo, el dinero, al que identificamos con el
valor personal, el poder y la felicidad, ha
llegado a constituirse en un elemento de culto. Su
posesión y los signos que la denotan: la clínica
en que se nace, el barrio en que se vive, el
colegio al que se asiste, la marca de las ropas
que se usan, los lugares en que se veranea, los
deportes que se practican, los círculos que se
frecuentan y hasta el cementerio en que se
termina, son manifestaciones de esta idolatría.
Por el dinero y las puertas que abre se está
dispuesto a una cotidianidad de insatisfacciones,
falta de espacios de tranquilidad, disfrute y
comunicación.
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De
este modo, el dinero deja de ser un medio y pasa a ser
un fin. Sin darnos cuenta, caemos en la ilusión de que
producir bienes y acceder a actividades o lugares
exclusivos, nos otorgará seguridad y felicidad. Y nos
enganchamos con un modo de vivir que no podemos detener
y que, en escasos instantes de lucidez, nos lleva a
preguntamos para qué necesitamos tantas cosas o
actividades, si los momentos de verdadera plenitud son
tan simples, tan despojados de todo aparataje.
El
que los grandes sueños de las personas tengan que ver
con más y más dinero, trae como consecuencia natural
la justificación de cualquier medio con tal de
obtenerlo. No es de extrañar entonces la corrupción en
todos los ámbitos y sectores; casi podríamos decir que
es perfectamente natural dentro de los valores que
sustentamos.
Mientras
las naciones sigan midiendo su importancia en relación
a su riqueza, mientras las personas sigamos ligando
nuestro valor y autoestima en relación a los bienes,
mientras identifiquemos felicidad con posesiones,
seguiremos dispuestos a sacrificar nuestra salud,
afectos, honorabilidad y calidad de vida con tal de
tenerlas.
Las
personas que salen al tapete mostrando cómo han hecho
cosas reprobables por acceder a las ventajas que acarrea
el dinero, no hacen más que demostrarnos las
incongruencias de una cultura que predica virtudes, pero
que en lo concreto vive centrada en el poder y el
prestigio que da la riqueza material.
En
vez de escandalizarnos sintiendo que ellos son los malos
y nosotros los honorables, podríamos aprovechar la
oportunidad para mirar las causas profundas que generan
estos comportamientos en que estamos todos involucrados.
Mientras el dinero y sus iconos sigan siendo un fin en sí,
seguirá habiendo corrupción, narcotráfico, prostitución,
pobreza y otros condimentos propios de una cultura idólatra,
que ha identificado la razón de existir con el
hedonismo y el consumo.
La
gran oportunidad que nos ofrece este momento es
preguntarnos hasta dónde somos arrastrados por el
espejismo y la ambición de tener más y más, o de
mantener un ritmo de vida poco humano para salvaguardar
nuestro estatus; dónde tenemos puesto nuestro tesoro;
qué es lo que más custodiamos en la vida: nuestras
posibles o actuales riquezas materiales, o la plenitud y
realización humanas.
El
dinero es energía y si pudiéramos entenderlo como un
medio para expresar al ser y la felicidad fuera
comprendida como la plenitud de la expresión del alma,
necesitaríamos menos cosas. Buscaríamos calidad de
vida, equilibrio. Apreciaríamos a las personas por lo
que son y expresan, por el aporte que hacen al medio.
Entenderíamos la sencillez como un valor que regocija
al corazón.
Agosto
2004
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