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Los
viajes espaciales —con todo el riesgo que
implican— nos han permitido mirar nuestro
planeta desde otra perspectiva. Verlo como una
esfera que se integra e interrelaciona en el
movimiento y el devenir de ese todo mayor que es
el universo. Y aunque la mayoría de nosotros difícilmente
viajaremos en naves al espacio físico, sí
podemos hacerlo por el espacio infinito de nuestra
mente.
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Este
ejercicio mental de observarnos desde lejos podría
aportarnos miradas reveladoras. Ver, por ejemplo, una
esfera azul de océanos y desiertos, valles y
cordilleras, hielos y rocas como una unidad sin
delimitaciones, como un gran organismo vivo y pujante
del que emergemos y al cual pertenecemos.
Esa
visión nos aportaría la humildad de sabernos solo uno
más en este ser planetario y, al mismo tiempo, percibir
la responsabilidad que nos cabe por haber despertado a
la conciencia de existir en él. Podría iluminarnos en
la idea de que nuestro bien se inserta en el bien mayor,
y llevarnos a buscar caminos en que la expresión y
realización personales se entiendan como aporte a los
demás.
Veríamos
así que todo está interrelacionado, que no es posible
aislarse en el propio bienestar, ni buscar caminos de
salida a costa de otras personas u otros países. Que
los aconteceres de cada rincón del planeta, tarde o
temprano, nos afectarán.
Nuestro
vivir está tan alejado de estas simples verdades que
seguimos creyendo en el espejismo de cercarnos en países,
razas, religiones, ideologías, barrios, clases sociales
que nos separen del resto y nos introduzcan en un mundo
perfecto, sin importar lo que esté ocurriendo con los
otros. Mientras sigamos creyendo que sí existen los «otros»
y que podemos aislarnos de ellos, estos se volverán
contra nosotros, haciéndonos saber que no es posible
generar bienestares separados.
Los
países del Tercer Mundo desafían con medios
artesanales a las potencias y su alta tecnología,
recordándoles que existen; los pobres conciben como
solución la droga o la delincuencia que muchas veces se
constituye en un recurso desesperado para intentar
entrar en los círculos de los afortunados.
Necesitamos
generaciones de seres humanos que conciban su vida en la
interconexión por sobre la separación, personas con
miradas globales que hagan de su expresión personal un
acto de colaboración con todos, sin distinciones de
clase, raza, nacionalidad. Que se despojen de la
creencia de que los países o grupos se pueden aislar en
sus particulares y afortunadas situaciones. Que lleven
dentro de sí la idea de que el bienestar de la parte es
inseparable del bienestar del todo.
Esta
visión planetaria nos demostraría que no existen las
fronteras, que no somos dueños de los territorios, que
las generaciones humanas y sus delimitaciones pasarán,
pero la tierra seguirá allí, con sus montes y sus
mares como mudos testigos de nuestra vanidad.
Hemos
creado fronteras y quizás sean necesarias como fórmulas
de organizamos e interactuar en diversidad, pero de ahí
a pasarnos la película de que son reales o existen como
algo natural, hay mucha distancia. Sabemos que las
demarcaciones humanas, condimentadas con el deseo de
poseer, las luchas de poder y el acceso egoísta a los
recursos naturales, han llevado a grandes sufrimientos.
La
Tierra es una unidad sagrada, el cuerpo desde el cual
emerge nuestra existencia, y en el cual se manifiesta el
espíritu planetario. Las rejas que nosotros le hemos
puesto y por las cuales estamos dispuestos a matar y
morir, no conseguirán separarnos ni crear mundos
aislados. Todo es uno, y por nuestro bien y el de todos,
debemos aprender a convivir en armonía.
Marzo,
2004
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