 |
La
vida tiene sus pulsos, ciclos y momentos. Pulsos
que involucran al cuerpo con su necesidad de
descanso y actividad, de contracción y expansión,
a la actividad psíquica, a las relaciones
interpersonales, a los ciclos históricos y a la
naturaleza toda, en sus expresiones de día-noche,
de invierno-verano.
Una
de las causas que nos generan estrés es ir contra
el rumbo natural de los ciclos, presionando a la
psiquis y al cuerpo para que actúen de un modo
que en ese momento va contra su fluir. Nunca como
ahora ha estado el ser humano tan alejado de su
sustrato biológico y, con ello, de su naturaleza.
|
En
esta cultura de espejismos, del parecer por sobre el
ser, de correr desaforadamente en busca de algo que
nunca se alcanza, de desarrollo continuo e ilimitado,
hemos perdido la sensibilidad para saber en qué rumbo
está fluyendo la vida en cada instante, y nos hemos
convertido en sordos y ciegos a los mensajes más
simples de lo que es adecuado y sano o, dicho de otra
manera, de lo que simplemente nos hará daño.
El
desafío es volver a contactarnos con este pulso natural
de las cosas, de las relaciones, de los ciclos de la
vida. Escuchar lo que nos dice el instante, vivir menos condicionados
por nuestros esquemas
y más abiertos al transcurrir del pulso vital.
En
cada segundo hay una tendencia natural hacia algo, una
veta por la cual corre el acontecer: percibirla y actuar
en coherencia con ella, ser sumisos al flujo vital, es
sabiduría. No se trata de vivir sin rumbo, sino de ir
acondicionando los planes a la corriente y a las
cualidades del tiempo.
Confiar
en que, más allá de nuestra claridad intelectual,
existe un rumbo. Ello requiere de una actitud de
humildad para reconocer que no tenemos todas las cartas
en la mano, que hay un ámbito más allá de nuestra
comprensión que gesta condiciones, ciclos, tendencias.
De pronto, sabemos o percibimos que todas las puertas se
nos abren para una acción determinada: cambiar de
trabajo, acercarse a alguien, elaborar una estrategia
determinada, comer o descansar, y otras veces intuimos
que no es el tiempo para ello. Lo asertivo, lo sabio es
aguardar el momento indicado para cualquier acto.
La
antigua filosofía taoísta habla del wu wei, el «no
hacer», que no es permanecer inactivo, sino actuar en
tal armonía con la corriente de vida en ese instante,
que el acto surge natural y en armonía con el tiempo.
Sin esfuerzo, como si no fuéramos nosotros los que
actuamos, sino la vida que actúa a través de nosotros.
Ello implica pensarnos como seres vivos en una corriente
existencia mayor que nos contiene, en la cual vivimos y
respiramos.
La
actitud es dejar de percibir la vida como una lucha
contra las condiciones adversas y concebirnos como
navegantes en una gran corriente. Hay tiempos para
conversar y callar, para hacer fuerza y para relajarnos,
para trabajar y descansar, para la soledad y la compañía,
para las lágrimas y la risa. Ir contra la corriente del
tiempo solo produce agotamiento y la sensación de que
no acertamos nuestro propósito.
Esto
implica un vivir que no es fríamente planificado, sino
cálidamente actuado, sintonizándonos con nuestros propósitos
profundos y actualizándolos en los momentos adecuados.
Evidentemente esto requiere de un trabajo de limpieza
profunda de todos aquellos aspectos que nos impiden
confiar en nuestros sentidos internos, en los procesos fáciles
o difíciles de nuestros seres amados, en el viento del
espíritu que conduce a todo ser.
Abril
2004
|