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La conciencia del «yo» es lo que nos hace
plenamente humanos. «Yo soy», «yo
existo», «yo sé que sé» son las ideas
que nos hicieron despuntar desde la conciencia
colectiva del animal a aquello que llamamos
conciencia de ser y existir. Es decir, a lo que
es propio de lo humano. Con esa conciencia se
abrieron enormes posibilidades de expresión,
realización y opción a estos nuevos hijos del
planeta. |
Sin embargo, en nuestra cultura, el yo,
expresado en un ego; o sea, en una entidad disfrazada,
enmascarada, acorazada, llena de espejos que le reflejan
su imagen, ha llegado a sobredimensionarse tanto, a
exacerbarse a tal punto, que con ello estamos generando
nuestra propia destrucción.
Hemos buscado nuestro bienestar sin entender
que este no es independiente del todo, y con esta lucha
excesivamente focalizada en mi bien (o en el de mi
familia o grupo), en mi progreso, en mis realizaciones,
hemos ido dejando un campo asolado de naturaleza
destruida y personas dañadas.
El ego extendido a los pequeños grupos con que
me identifico -familia, país, clase social, raza,
religión, comunidades de distinto tipo- siempre se sitúa
en una mirada exclusiva, centrada en sí como una entidad
separada, como un círculo cerrado cuyo movimiento
natural es competir y defenderse de los otros, pensando
que «somos los mejores», «los buenos» y
los otros, «los malos», o los equivocados.
Es curioso observar cómo las agrupaciones
-nacionales, raciales, religiosas, de clubes o colegios-
tienden a pensar que están tocadas por una aureola
especial que las hace distintas y mejores. Los
argumentos sobran; somos astutos cuando se trata de
argumentar en nuestro favor. En esta perspectiva, los
grupos, en vez de transformarse en fuentes
interconectadas, en enlaces creativos con el mundo, se
transforman en cuevas donde nos protegemos, nos
identificamos y aseguramos nuestra superioridad.
Esta mirada ha transformado el vivir en una
competencia, en una constante lucha por sobrepasar a los
otros, por demostrar nuestra superioridad. En un pensar
que los otros son seres amenazantes de los cuales me
tengo que proteger, en un estrés permanente que nos
muestra su fruto amargo en las depresiones, el
aislamiento, el desencanto y la falta de incentivo para
vivir que encarnan tantos adultos, jóvenes y niños.
Así es como transformamos a nuestras parejas,
hijos y relaciones en general en seres separados que
están en la vida para cumplir mis expectativas. El ego
vive en el espejismo o en el oculto deseo de que el
leit motiv de los otros sea vivir por él.
Como esto no ocurre, se frustra, manipula, se defiende,
lucha y transforma su vida en un infierno.
Esta visión de la vida como formada por partes
separadas que tienen que contraponerse para sobrevivir
es un paradigma que la humanidad viene sustentando por
algunos siglos y que hemos trasladado a todas las áreas
del vivir, incluyendo las relaciones internacionales en
que todos son potenciales enemigos frente a los cuales
tenemos que estar preparados para defendernos.
Este no es el modo en que es la vida, sino solo
el cristal con que la miramos; necesitamos generar
nuevas miradas, pensamientos de inclusividad y
colaboración. Hemos construido el mundo tal como lo
hemos pensado. Con otra mirada, con un pensamiento
renovado, gestaremos realidades diferentes.
Los audaces, los pioneros de un nuevo mundo ya
están aquí, pensando la vida como un todo danzante de
colaboraciones y coordinaciones y serán aquellos que se
atrevan a soltar sus miedos y dejarse conducir por el
despliegue natural de la vida quienes abrirán las sendas
por las que la humanidad transitará en el futuro.
Agosto 2005 |