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¿Han
observado un árbol cargado de frutos, desplegando sus
ramas y el producto de su creatividad en total entrega,
sin pretensiones, simplemente expresando su ser?
Un
nogal al dar sus nueces no pretende lucirlas, ni piensa
quién las tomará o sí servirán para algo, solo las
dona a la vida, ya sea que estas caigan al suelo o sean
comidas por un animal hambriento o disfrutadas por un
ser humano. El árbol se da por el simple impulso
interior de expresar su tesoro, aquel que lleva grabado
en su semilla, donde se guarda la pauta básica que el
universo le entrega a su esencia. El nogal desenvuelve
su ser sin hacerse rollos con intenciones o dudas acerca
del resultado de su acción o hacia quién va dirigida o
qué uso harán los demás de ella. Responde a su íntima
necesidad de expresar y crear.
La
vida como un todo sincronizado se en- cargará de que
esa acción de dar frutos se integre al bien del sistema
total.
Es
indudable que los seres humanos somos más complejos.
Sin embargo, y justamente por eso, las metáforas de la
naturaleza nos sirven. Nos recuerdan nuestra íntima
esencia, nos alivian esa necesidad profunda de retornar
a las cosas fundamentales. Nos indican quiénes somos
detrás de todas las construcciones fundadas en el ego y
las complicaciones y vericuetos de la mente racional,
que nos lleva a vivir en un constante cálculo de
conveniencias y resultados, y nos impide expresar el
centro de nuestro ser, de nuestra alma.
La
idea es aprender a moverse en la vida guiados por la
necesidad interior de expresión y, desde ese núcleo,
adaptar inteligentemente las conductas, y no al revés,
como en forma corriente lo hacemos. Lo habitual es que
nos movamos esperando tal o cual resultado, tal o cual
provecho, sin preguntarnos o contactarnos siquiera con
lo que en lo profundo queremos hacer o manifestar.
Este
tema tiene que ver con cuáles son las fuerzas
movilizadoras de nuestra vida.
¿Las
que me dijeron que eran buenas?
¿El
modelo de éxito y felicidad que me da el sistema?
¿Satisfacer
las expectativas de los otros?
¿Conseguir
ser apreciado y amado?
¿Destacar?
O al revés:
¿Tratar
de esconderme para que no me vean?
¿Moverme
o no moverme por mis miedos o inercias?
¿Estudio
una carrera movilizado por el provecho económico que
supuestamente me va a dar? ¿Soy amigo de ciertas
personas porque me conviene?
¿Sigo
con mi pareja por miedo a vivir solo?
Lo
más probable es que la acción motivada por intereses o
inseguridades solo consiga hacernos evadir o tapar
nuestra naturaleza y, por eso mismo, no nos hará sentir
plenos ni coherentes. Este tipo de preguntas nos
conducen a hacer cambios concretos importantes en la
vida. También está la posibilidad de que sigamos
haciendo lo mismo, el mismo trabajo, la misma rutina,
pero conectados con fuerzas motívacionales que sintamos
más nuestras, inspiradas por una expresión más íntima
y personal, dándonos el espacio para disfrutar y
aportar a través de nuestras acciones.
El
proceso hacia la expresión de la propia integridad
tiene que ver con ir concientizando, elaborando y liberándose
de las inseguridades, miedos, expectativas y toda
aquella gruesa capa que nos desconecta de la voz y el
impulso básico del alma. La tradición mesoamericana
dice que todo niño nace con una piedra preciosa en el
centro de su corazón. Es tarea de cada uno descubrirla
y hacerla brillar en la vida.
Démosnos
a la tarea.
Enero,
2004
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