Patricia May U.

Antropóloga

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Quién es Patricia May? 

Apoyar al ser
Patricia May U.

 


Hay aspectos de la vida que, por cotidianos y siempre presentes, dejamos de lado. A los que no valoramos en su dimensión sagrada y, por lo tanto, no les damos la calidad, el tiempo, la delicada y simple entrega que requieren. Uno de ellos es el ser mamás y papás.

Hemos aprendido a correr por cosas importantes y cuando llega el momento de parar, de detener el barullo mental y simplemente compartir y escuchar en esa relación humana que requiere de una actitud tan abierta al momento, tan sencilla y sintonizada con lo que se está dando, ya no somos capaces de hacerlo.

Criar es un acto natural, que ha sido ejercido por nuestros antepasados -animales y humanos- por millones de años. Un acto básico de sintonía y protección a esa persona que desde sí y cobijada por nosotros, se abre a vivir en el mundo.

El acto de ir apoyando el proceso de desenvolvimiento y expresión de un alma que trae su línea y su propósito, más allá de nuestras expectativas. Se trata de ir conociendo -o reconociendo- a ese ser desde lo que es y no desde la imagen prefijada que tenemos de ella o él. Esa alma, por esas sincronías de la vida, está aquí y ahora con nosotros, para ser escuchada y reafirmada desde su particular expresión.

No es precisamente lo que hacemos. En base a nuestras carencias o temores, estamos llenos de ideas acerca de cómo deberían ser y tratamos de modelarlo desde nuestra imagen acariciada por años y que seguramente compensa nuestras inseguridades y anhelos de realización. Por eso, no los vemos ni escuchamos; más bien estamos permanentemente negando lo que son para que se ajusten a esa imagen virtual que hemos construido.

El mensaje oculto que reciben es que los amamos en la medida en que se ajusten a nuestro esquema y que, en definitiva, deben renunciar a su ser y centrarse en el parecer para ser acogidos. Quizás los niños más vulnerables sean los que se adaptan y los más sanos los que se rebelan, pues, tarde o temprano, el pujo del ser humano real que anhela expresarse tendrá que salir a luz y mostrarse con todos los quiebres que esto pueda suscitar.

Deberíamos estar sintonizados con nuestros hijos, contemplarlos y escucharlos más allá de las palabras, confiar en que sus procesos están conducidos por una fuerza interior que permanente y sabiamente les llevará a buscar aquello que necesitan, aportarles los elementos o recursos en el momento preciso que su necesidad interna lo pide, y no en los tiempos que nuestra angustia por su futuro nos exige.

Esperamos cosas de los hijos... ¿por qué no dejar de esperar y abrirnos al milagro de lo que son? Seres humanos diferentes y sorprendentes. Démosles tiempo, prioricemos ese espacio sin objetivos ni intenciones. Transformémonos en ojos, manos, oídos, cuencos dispuestos a recibirlos, estimularlos y amarlos. En una atmósfera de amor es donde ocurren las transformaciones, no en la ansiedad ni en la expectativa. En esa atmósfera de aceptación es que sus alas se podrán desplegar, asombrándonos por el inesperado milagro.

Los niños y jóvenes están estresados: la droga, la anorexia y otras plagas de la locura contemporánea nos lo muestran. Reciben de sus padres y colegios aprensiones y sobre exigencias para responder al modelo de «perfectitos» y están teniendo poco tiempo para aquel mensaje y enseñanza que vienen a dar: confianza, alegría, creatividad y, sobre todo, la vida entendida como un juego de encuentros, colaboración, gozo, sin nada prefijado, solo lo que va desenvolviéndose en el momento.

Julio 2005

 

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