| |
Hay aspectos de la vida que, por cotidianos y
siempre presentes, dejamos de lado. A los que no
valoramos en su dimensión sagrada y, por lo
tanto, no les damos la calidad, el tiempo, la
delicada y simple entrega que requieren. Uno de
ellos es el ser mamás y papás. |
Hemos aprendido a correr por cosas importantes
y cuando llega el momento de parar, de detener el
barullo mental y simplemente compartir y escuchar en esa
relación humana que requiere de una actitud tan abierta
al momento, tan sencilla y sintonizada con lo que se
está dando, ya no somos capaces de hacerlo.
Criar es un acto natural, que ha sido ejercido
por nuestros antepasados -animales y humanos- por
millones de años. Un acto básico de sintonía y
protección a esa persona que desde sí y cobijada por
nosotros, se abre a vivir en el mundo.
El acto de ir apoyando el proceso de
desenvolvimiento y expresión de un alma que trae su
línea y su propósito, más allá de nuestras expectativas.
Se trata de ir conociendo -o reconociendo- a ese ser
desde lo que es y no desde la imagen prefijada que
tenemos de ella o él. Esa alma, por esas sincronías de
la vida, está aquí y ahora con nosotros, para ser
escuchada y reafirmada desde su particular expresión.
No es precisamente lo que hacemos. En base a
nuestras carencias o temores, estamos llenos de ideas
acerca de cómo deberían ser y tratamos de modelarlo
desde nuestra imagen acariciada por años y que
seguramente compensa nuestras inseguridades y anhelos de
realización. Por eso, no los vemos ni escuchamos; más
bien estamos permanentemente negando lo que son para que
se ajusten a esa imagen virtual que hemos construido.
El mensaje oculto que reciben es que los amamos
en la medida en que se ajusten a nuestro esquema y que,
en definitiva, deben renunciar a su ser y centrarse en
el parecer para ser acogidos. Quizás los niños más
vulnerables sean los que se adaptan y los más sanos los
que se rebelan, pues, tarde o temprano, el pujo del ser
humano real que anhela expresarse tendrá que salir a luz
y mostrarse con todos los quiebres que esto pueda
suscitar.
Deberíamos estar sintonizados con nuestros
hijos, contemplarlos y escucharlos más allá de las
palabras, confiar en que sus procesos están conducidos
por una fuerza interior que permanente y sabiamente les
llevará a buscar aquello que necesitan, aportarles los
elementos o recursos en el momento preciso que su
necesidad interna lo pide, y no en los tiempos que
nuestra angustia por su futuro nos exige.
Esperamos cosas de los hijos... ¿por qué no
dejar de esperar y abrirnos al milagro de lo que son?
Seres humanos diferentes y sorprendentes. Démosles
tiempo, prioricemos ese espacio sin objetivos ni
intenciones. Transformémonos en ojos, manos, oídos,
cuencos dispuestos a recibirlos, estimularlos y amarlos.
En una atmósfera de amor es donde ocurren las
transformaciones, no en la ansiedad ni en la
expectativa. En esa atmósfera de aceptación es que sus
alas se podrán desplegar, asombrándonos por el
inesperado milagro.
Los niños y jóvenes están estresados: la droga,
la anorexia y otras plagas de la locura contemporánea
nos lo muestran. Reciben de sus padres y colegios
aprensiones y sobre exigencias para responder al modelo
de «perfectitos» y están teniendo poco tiempo para aquel
mensaje y enseñanza que vienen a dar: confianza,
alegría, creatividad y, sobre todo, la vida entendida
como un juego de encuentros, colaboración, gozo, sin
nada prefijado, solo lo que va desenvolviéndose en el
momento.
Julio 2005 |