 |
Conocer
profundamente las cualidades de los hijos, sus
motivaciones, dificultades y anhelos, son los
principales desafíos de padre y madre. Esto
significa partir desde ellos y no desde nuestros
esquemas; darnos el tiempo de contemplarlos sin
expectativas y sin la cabeza llena con la idea de
la dirección que les queremos dar. Hay que
conocer y aceptar el despliegue de lo que ellos
son y entregarles recursos que les ayuden a
completarse, sin dejamos influir por nuestras
particulares obsesiones y miedos en relación a su
futuro.
|
A
menudo no nos detenemos a «ver» a nuestros hijos, los
que quizás pueden llegar a guardar el registro
inconsciente de no haber sido nunca contemplados y
escuchados con la tranquilidad y el vacío interno del
otro. Los adultos nos disculpamos diciendo que no
tenemos tiempo, pero compartir con ellos tiene que ver
con estar presentes, vacíos de nuestros deberes, con el
corazón y la mente abiertos. Esto implica un camino, un
desarrollo personal hacia la presencia real en cada
instante de nuestras vidas, un ser dueños de nuestras
dinámicas mentales y emocionales para estar allí, en
total entrega a ese momento.
Los
hijos traen un tesoro que van desplegando lentamente con
el tiempo. Vienen con dirección, cualidades y dones
propios. La primera misión de los padres es contemplar
su esencia y ayudarlos a canalizarla. Somos tutores del
alma del niño, y al asumir la misión de traerlos al
mundo, deberíamos tener la disposición a amar y
cobijar a esa crisálida sin condiciones, sin saber cuáles
serán sus características. Por ello es que la
experiencia de la maternidad o paternidad puede ser una
gran oportunidad espiritual de aprender en carne viva el
amor incondicional a ese que es y no a lo que queremos
que sea. No se trata, sin embargo, de un abandono, sino
de un compasar, poniendo los límites necesarios que
tienen que ver con enseñarles a vivir en el respeto a
los otros y a sí mismos; con aportarles las disciplinas
que les ayudarán a realizar mejor sus caminos. Límites
exteriores, libertad interior.
Ser
padres nos exige un trabajo personal, de conocimiento
del otro, de abandono de nuestros preconceptos, de amar
y apoyar lo que el otro es. Nos exige trabajar nuestros
temores y prejuicios para permitirles tomar los caminos
afines a su ser interno. Nos exige trabajar la ponderación
entre límites y dejar ser. Nos obliga a preguntarnos
permanentemente sobre nuestro proceder: si tiene que ver
con nuestro ego y ambiciones, o con esa alma y su
expresión. Quizás por esto es que la manipulación genética
para obtener características precisas de los hijos es
una aberración, porque pasa a constituirse en un manejo
más de nuestro ego; transforma a ese ser humano en un
vehículo para satisfacer nuestras ambiciones o para
tapar nuestros miedos personales a la vida, que en su
movimiento siempre nos sobrepasa y que finalmente no
tenemos otra opción que aceptar.
A
veces tenemos la impresión de que nuestros hijos nos
tocan en el punto justo de dificultad personal, en lo
que no tenemos resuelto. Esto sucede quizás porque en
la perfecta sincronía del todo, recibimos como hijos a
los seres precisos que nos ayudarán a superar y tensar
nuestras capacidades de entender; que nos obligarán a
esforzarnos al máximo y que finalmente nos forzarán a
dar los pasos que precisamos para constituirnos en
personas más amplias, amorosas, fuertes y claras.
Octubre,
2004
|