Patricia May U.

Antropóloga

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Quién es Patricia May? 

  Los maestros del amor incondicional II

Patricia May U.

Conocer profundamente las cualidades de los hijos, sus motivaciones, dificultades y anhelos, son los principales desafíos de padre y madre. Esto significa partir desde ellos y no desde nuestros esquemas; darnos el tiempo de contemplarlos sin expectativas y sin la cabeza llena con la idea de la dirección que les queremos dar. Hay que conocer y aceptar el despliegue de lo que ellos son y entregarles recursos que les ayuden a completarse, sin dejamos influir por nuestras particulares obsesiones y miedos en relación a su futuro.

  

A menudo no nos detenemos a «ver» a nuestros hijos, los que quizás pueden llegar a guardar el registro inconsciente de no haber sido nunca contemplados y escuchados con la tranquilidad y el vacío interno del otro. Los adultos nos disculpamos diciendo que no tenemos tiempo, pero compartir con ellos tiene que ver con estar presentes, vacíos de nuestros deberes, con el corazón y la mente abiertos. Esto implica un camino, un desarrollo personal hacia la presencia real en cada instante de nuestras vidas, un ser dueños de nuestras dinámicas mentales y emocionales para estar allí, en total entrega a ese momento.

  

Los hijos traen un tesoro que van desplegando lentamente con el tiempo. Vienen con dirección, cualidades y dones propios. La primera misión de los padres es contemplar su esencia y ayudarlos a canalizarla. Somos tutores del alma del niño, y al asumir la misión de traerlos al mundo, deberíamos tener la disposición a amar y cobijar a esa crisálida sin condiciones, sin saber cuáles serán sus características. Por ello es que la experiencia de la maternidad o paternidad puede ser una gran oportunidad espiritual de aprender en carne viva el amor incondicional a ese que es y no a lo que queremos que sea. No se trata, sin embargo, de un abandono, sino de un compasar, poniendo los límites necesarios que tienen que ver con enseñarles a vivir en el respeto a los otros y a sí mismos; con aportarles las disciplinas que les ayudarán a realizar mejor sus caminos. Límites exteriores, libertad interior.

   

Ser padres nos exige un trabajo personal, de conocimiento del otro, de abandono de nuestros preconceptos, de amar y apoyar lo que el otro es. Nos exige trabajar nuestros temores y prejuicios para permitirles tomar los caminos afines a su ser interno. Nos exige trabajar la ponderación entre límites y dejar ser. Nos obliga a preguntarnos permanentemente sobre nuestro proceder: si tiene que ver con nuestro ego y ambiciones, o con esa alma y su expresión. Quizás por esto es que la manipulación genética para obtener características precisas de los hijos es una aberración, porque pasa a constituirse en un manejo más de nuestro ego; transforma a ese ser humano en un vehículo para satisfacer nuestras ambiciones o para tapar nuestros miedos personales a la vida, que en su movimiento siempre nos sobrepasa y que finalmente no tenemos otra opción que aceptar.

  

A veces tenemos la impresión de que nuestros hijos nos tocan en el punto justo de dificultad personal, en lo que no tenemos resuelto. Esto sucede quizás porque en la perfecta sincronía del todo, recibimos como hijos a los seres precisos que nos ayudarán a superar y tensar nuestras capacidades de entender; que nos obligarán a esforzarnos al máximo y que finalmente nos forzarán a dar los pasos que precisamos para constituirnos en personas más amplias, amorosas, fuertes y claras.

 

 

 

Octubre, 2004

 

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