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Un
tiempo como el nuestro en que nada parece estar
claro, en que las definiciones tradicionales de lo
que somos, de los papeles femeninos y masculinos
están puestos en duda, el tema de la crianza de
los hijos se vuelve crítico y susceptible de ser
revisado. Es una gran oportunidad de cuestionarnos
el modo y, sobre todo, las motivaciones profundas
que están detrás de nuestro actuar.
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Hasta
ahora los hijos se han considerado una especie de
producto de los padres, los que se sienten felices y
orgullosos cuando estos responden a sus expectativas y
defraudados si no siguen el camino secretamente deseado
por ellos. Así, los hijos son una especie de títeres
movidos por el ego de sus progenitores que esperan
mostrarse a través de ellos.
La
educación ha estado inspirada por esta visión: a los
niños y jóvenes se les muestran caminos unilineales
que van cerrando sus vocaciones profundas y su capacidad
de contactarse con lo que realmente quieren. En vez de
partir desde el impulso y los intereses de los niños,
se parte de las expectativas de un sistema exitista y
narcisista. Es así como muchas veces se termina
perdiendo la capacidad de saber lo que se anhela y, por
ende, el camino hacia la propia felicidad.
Demasiados
deberes, demasiados cursos, demasiadas actividades
ahogan la capacidad de escucharse internamente y
finalmente solo somos capaces de decodificar lo que los
demás quieren de nosotros.
Por
otra parte, los niños actuales parecen venir con una
fuerza, claridad y autodeterminación que nos exige
redefinir el papel de padres y educadores. Quizás esta
voz, esta fuerza ahogada, este no sentirse escuchados,
sea una de las causas de las depresiones y disfunciones
que tan comúnmente estamos viendo en los adolescentes
en estos días. Los caminos oscuros y negadores de la
claridad personal que cada vez más jóvenes están
tomando, puede ser una reacción a un entorno que no les
permite expresar la luz que ellos vinieron a traer al
mundo.
Muchas
de las almas que nacen en estos tiempos traen la intuición
de una vida armónica, feliz, creativa y conducida por
valores de respeto a todos los seres. Sin embargo, la
oscuridad de una cultura que pone a la plenitud personal
en un lugar muy por debajo del éxito, la imagen y el
dinero; la presión de los padres invadidos por el miedo
de que sus hijos no aprendan a conducirse con los códigos
vigentes de competitividad, los va llenando de
inseguridad y en vez de lograr personas seguras y bien
paradas, se llega a jóvenes inseguros que dan su sangre
y su vida en esfuerzos que representan los miedos de sus
padres y no sus anhelos de felicidad.
Sería
importante hacer un camino hacia la superación de
nuestros temores, hacia la confianza de que todo se dará
por añadidura, de que la vida no es lineal y siempre
podemos volver a empezar y apoyar a los hijos en su
intuición de que nacieron para ser felices, de que la
fuerza está adentro de ellos mismos, de que crean en su
camino, aun cuando esto implique renuncias secundarias
como el dinero o el estatus.
La
gran prueba de los padres es ser capaces de renunciar a
sus expectativas, de soltar teniendo como eje en la
relación con el hijo, el amor y el apoyo incondicional
al despliegue de su ser, a la respuesta de su impulso
interior y único.
Enseñarles
a escucharse, a confiar, a sacar su fuerza y a poner los
límites necesarios para que el hijo pueda tener los
recursos para desenvolver en mejor forma su misión en
la vida.
Septiembre
2004
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