Patricia May U.

Antropóloga

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Quién es Patricia May? 

  Los maestros del amor incondicional

Patricia May U.

Un tiempo como el nuestro en que nada parece estar claro, en que las definiciones tradicionales de lo que somos, de los papeles femeninos y masculinos están puestos en duda, el tema de la crianza de los hijos se vuelve crítico y susceptible de ser revisado. Es una gran oportunidad de cuestionarnos el modo y, sobre todo, las motivaciones profundas que están detrás de nuestro actuar.

  

Hasta ahora los hijos se han considerado una especie de producto de los padres, los que se sienten felices y orgullosos cuando estos responden a sus expectativas y defraudados si no siguen el camino secretamente deseado por ellos. Así, los hijos son una especie de títeres movidos por el ego de sus progenitores que esperan mostrarse a través de ellos.

  

La educación ha estado inspirada por esta visión: a los niños y jóvenes se les muestran caminos unilineales que van cerrando sus vocaciones profundas y su capacidad de contactarse con lo que realmente quieren. En vez de partir desde el impulso y los intereses de los niños, se parte de las expectativas de un sistema exitista y narcisista. Es así como muchas veces se termina perdiendo la capacidad de saber lo que se anhela y, por ende, el camino hacia la propia felicidad.

 

Demasiados deberes, demasiados cursos, demasiadas actividades ahogan la capacidad de escucharse internamente y finalmente solo somos capaces de decodificar lo que los demás quieren de nosotros.

   

Por otra parte, los niños actuales parecen venir con una fuerza, claridad y autodeterminación que nos exige redefinir el papel de padres y educadores. Quizás esta voz, esta fuerza ahogada, este no sentirse escuchados, sea una de las causas de las depresiones y disfunciones que tan comúnmente estamos viendo en los adolescentes en estos días. Los caminos oscuros y negadores de la claridad personal que cada vez más jóvenes están tomando, puede ser una reacción a un entorno que no les permite expresar la luz que ellos vinieron a traer al mundo.

  

Muchas de las almas que nacen en estos tiempos traen la intuición de una vida armónica, feliz, creativa y conducida por valores de respeto a todos los seres. Sin embargo, la oscuridad de una cultura que pone a la plenitud personal en un lugar muy por debajo del éxito, la imagen y el dinero; la presión de los padres invadidos por el miedo de que sus hijos no aprendan a conducirse con los códigos vigentes de competitividad, los va llenando de inseguridad y en vez de lograr personas seguras y bien paradas, se llega a jóvenes inseguros que dan su sangre y su vida en esfuerzos que representan los miedos de sus padres y no sus anhelos de felicidad.

  

Sería importante hacer un camino hacia la superación de nuestros temores, hacia la confianza de que todo se dará por añadidura, de que la vida no es lineal y siempre podemos volver a empezar y apoyar a los hijos en su intuición de que nacieron para ser felices, de que la fuerza está adentro de ellos mismos, de que crean en su camino, aun cuando esto implique renuncias secundarias como el dinero o el estatus.

  

La gran prueba de los padres es ser capaces de renunciar a sus expectativas, de soltar teniendo como eje en la relación con el hijo, el amor y el apoyo incondicional al despliegue de su ser, a la respuesta de su impulso interior y único.

  

Enseñarles a escucharse, a confiar, a sacar su fuerza y a poner los límites necesarios para que el hijo pueda tener los recursos para desenvolver en mejor forma su misión en la vida.

Septiembre 2004

 

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