En
busca del alma escondida
Patricia
May U. |
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En
la vorágine en que habitualmente estamos
inmersos, ya sea por las actividades propias de la
vida en la ciudad o por fuerzas más sutiles e
invisibles, es importante saber que es posible
contactarnos con un centro personal de quietud y
serenidad que está siempre presente.
Esperándonos,
se podría decir.
A
este centro de serenidad y sabiduría, desapegado y
amoroso, le podemos llamar «alma». No se trata de un
concepto que tenga que ver con una creencia determinada,
sino de un estado de conciencia que es posible
experimentar en la medida en que acallemos el ruido psíquico.
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Las
prácticas de relajación y de centración mental son
una gran ayuda para ello. La idea es parar el movimiento
de las ideas y emociones para dar espacio a ese sol
central, radiante y amplio que siempre ha estado allí,
pues es el centro mismo de nuestra psiquis y lo que nos
define como seres únicos y al mismo tiempo conectados
con las grandes dinámicas del cosmos.
El
contacto con este centro de serenidad interior provoca
cambios vitales en el modo en que nos entendemos a
nosotros mismos y a la vida, y por ello suscita con el
tiempo una transformación radical en nuestro sentido de
vida, prioridades, el modo en que educamos a los hijos,
la distribución del tiempo, el cómo ganamos y gastamos
el dinero.
Quizás
muchos de nosotros hayamos tenido chispazos de esta
vivencia en que nos hemos sentido unidos a todo, en paz,
en plenitud y confianza. Si esos chispazos pasan a ser
experiencias cada vez más constantes, nos percataremos
de que el universo es una red de la cual formamos parte,
y se abrirá una cálida vivencia de amor por los demás.
Con
ello, la necesidad de dar, aportar, dotar de un sentido
más amplio a nuestra vida —un sentido que tenga
relación con el bien mayor, aun cuando nuestros actos
sean locales—, surge como un imperativo para el bien
del todo. Si me entero de que todo está
interrelacionado, hasta los actos más simples del vivir
cotidiano cobran sentido. Todo importa —los gestos
pequeños y los grandes actos—, porque todo se
transmite a la red total.
Al
sentirnos conectados con el alma, podemos vivir los
periodos de soledad como etapas plenas, «nutricias»,
en que estamos solos, pero no por ello aislados o
desconectados, sino en profundo contacto con nosotros
mismos y con el mundo.
Desde
la vivencia del alma, la vida deja de ser percibida con
tanto dramatismo y nos damos cuenta de que muchas cosas
a las cuales damos gran importancia, son parte de un
proceso de evolución. Si dejamos de identificamos con
el drama del momento para vivirlo con mayor comprensión,
paz y sabiduría, eso que nos tortura será integrado
como una etapa. Fuerte, quizás, pero como un lapso que
pasará, dejándonos una experiencia, un aprendizaje.
En
el centro de nuestra psiquis hay una fuente de paz,
sabiduría y amor, esperando que acallemos el ruido, que
trabajemos nuestras disonancias, dolores, fracturas y
contradicciones para que lleguemos a beber de esa agua
reparadora.
Febrero,
2004
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