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por Ximena Gambra


EL MIEDO

Cuando decidí tocar este tema, pensé mucho en la forma de abordarlo, con el propósito de dejar en claro de cómo el miedo, si no se controla, es capaz de manejar nuestras vidas y hacer que no logremos ser felices, lo que lleva finalmente a la inmovilidad.

Al momento de reflexionar sobre este punto, no pude dejar de recordar a Viviana, una gran amiga, una persona maravillosa que brilla con luz propia y que me abrió su corazón para conversar de un tema tan delicado como “el miedo” y el papel que este ha jugado en su vida, pero que ella lo ha transformado en un punto positivo.

La verdad es que tan solo escucharla me causa admiración y, más aún, que esté con nosotros, pues su experiencia es ciertamente un ejemplo de lucha, constancia y triunfo.

Nos juntamos en su casa; el día era absolutamente primaveral, con un sol radiante que envolvía todo el ambiente de luz y calor; me pidió que nos sentáramos en la terraza de su casa y allí abrió su alma.

-Vivi, ¡qué bella es tu casa, tanto verde que te rodea, verdaderamente me encanta!
-Sí, Xime, uno debe rodearse de un ambiente que entregue paz; no tienes idea de cómo valoro la tranquilidad en mi vida, pero ha sido una continua lucha y mucho trabajo para tenerla.
-Disculpa que sea directa, Vivi, pero ¿puedes hablarme de tu enfermedad?, ¿cómo comienza?
-Mira, fue absolutamente inesperada; manejaba un domingo por Martin de Zamora hacia la casa de mis padres, y en un instante comencé con taquicardias, sudor en las manos, falta de respiración, miedo, y pensé que me estaba muriendo. Estacioné el automóvil y dejé todos mis documentos a la vista, por si moría en ese instante.

-¿Qué edad tenías?
Tenía 27 años, era muy joven cuando comenzó esta odisea. Una vez que pasó el susto inicial, deambulé por la consulta de cardiólogos, neurólogos y otros especialistas, además de una infinidad de exámenes hormonales y muchísimos más de diverso tipo. En esa época, hace 15 años, no se escuchaba de esta enfermedad como se habla hoy, tampoco existía mayor explicación sobre sus causas y menos aún había medicamentos para tratarla. El resultado final fue una sentencia lapidaria que aún me duele: “Ud. tiene Crisis de Pánico”.

Lo primero que pensé, Xime, fue y ¿pero qué es eso?...¡Si yo no soy miedosa!
El Psiquiatra que me atendió en ese momento solo pudo ayudarme con dosis de tranquilizantes, pues una vez que se desarrolló la enfermedad se comenzaron a hacer más frecuentes las crisis. Al punto que llegué a no poder salir de mi hogar. Xime -perdí mi vida; era una mujer que me gustaba salir, caminar, sociabilizar y todo eso terminó de un día para otro.

-¿Cómo te sanas, Vivi?
-¡Fueron años, Ximena, años!... de meditación, de poco a poco intentar y decir “esto no me la va a ganar”. Seguí estudiando, incluso con la enfermedad hice mi Maestría.

Recuerdo que un día, una amiga de mi tía, me contó que estaban realizando pruebas en el Hospital Clínico de la Universidad de Chile, con el propósito de encontrar una cura para esta enfermedad.

A los 33 años llegué al hospital para someterme a las pruebas o ensayos; en otras palabras, me transformé literalmente en un conejillo de Indias.

Al quedar aceptada en las pruebas, debí firmar un protocolo donde el programa de experimentación no se hacía responsable de lo que me pudiera pasar o de los efectos secundarios que pudieran resultar del proceso…¿lo puedes creer? Pero lo firmé, Xime, porque no podía seguir viviendo de esa forma.

Lo pensé y decidí que a esta enfermedad debía darle un propósito y, principalmente, tenía que servir para algo; creo que fue en ese momento en que todo comenzó a tener un sentido claro y definido.

Realicé todas las pruebas y tomé el remedio de experimentación. Había días en los cuales pensaba que no podría terminar con el tratamiento. En esos momentos llamaba al médico a cargo de mi caso y le decía -Eugenio, ¡no puedo!-...Y él me decía: - Vivi, ¡hazlo por la humanidad!

¡Oh Dios, y continuaba, continuaba, continuaba a pesar de todo lo adverso o doloroso!

Así pasaron los 15 primeros días con el remedio en cuestión y comenzaron a desaparecer los síntomas y las crisis. Después de los 20 días ¡NUNCA MÁS! Hasta el día de hoy no he vuelto a tener una Crisis de Pánico.

¿Qué te ayudó?
Xime, me ayudó saber que tenía una personita que me necesitaba, que, en el fondo, esta persona en que me había convertido por el miedo, ¡no era yo!

Sabía que era valiente, y después de irme sanando quedó demostrado que lo he sido, que soy una mujer muy valiente. Que la enfermedad me dio una visión distinta de la vida, la capacidad de comprender mejor a las personas. Nunca más me burlé de una persona que sintiera miedo o tuviera una depresión, porque es triste que nadie te entienda cuando tienes una enfermedad que físicamente no se ve, y sé que es difícil de comprender.

Hoy me he dedicado a trabajar y estudiar, todo el tiempo que perdí con esa enfermedad lo he recuperado. Aún falta, Xime, pero sé que cuando converso con la gente sobre este tema y cuando las personas que están sufriendo esto me ven, les digo con toda seguridad: “Yo viví esto y sé por lo que están pasando, pero ¡miren dónde estoy ahora!, soy una prueba viviente de que el miedo se puede vencer”. Por eso a las personas que viven esta dura realidad les entrego un pedacito de esperanza, una luz que puede iluminar su pozo de oscuridad.

A la distancia reflexiono y me digo con todo el corazón:”si para eso sirvió esta experiencia en mi vida, ¡entonces mil veces valió la pena!

Vaya, después de escucharla hablar con ese optimismo, no puedo dejar de reflexionar que el miedo es una sombra que muchas veces no nos permite avanzar en la vida, que es un fantasma o demonio que nos puede atar al pasado y escamotear el futuro; peor aún, puede impedirnos vivir el aquí y ahora. Por eso, lamentablemente, se pierden muchísimas oportunidades maravillosas en la vida.

Pero también les puedo contar que el miedo se vence y que con la edad va desapareciendo.

Hoy, Viviana es una mujer de casi 42 años, ha entregado su testimonio en charlas y seminarios; también me contó que la felicitaron cuando terminó el periodo de experimentación en el Centro de Investigación de la Universidad de Chile, pues cuando llegó, no le comentaron que hasta ese momento el suyo era el caso más grave o crítico dentro de todos los pacientes seleccionados para las pruebas. Viviana llegó a tener 16 crisis de pánico diarias. Según su médico, no se explican cómo pudo vivir tantos años en esas condiciones.

Me imagino que fue porque sus ganas de vivir eran enormes y, además, tenía una inmensa alegría que aún irradia y contagia donde quiera que esté; también se debe considerar la gran seguridad con la que se mueve en la vida.

Asumo que me cuesta imaginarla con lo que ella llama la experiencia que le cambió la vida y que, según sus propias palabras: LA HIZO UNA MEJOR PERSONA.


 

Ximena Gambra Acle

mail: gambra.acle@gmail.com
Agosto 2010


 
 
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