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Salir del Laberinto

 

La televisión está con volumen mínimo y al mismo tiempo improviso algunas notas sobre la experiencia que tuvimos ayer en nuestro taller de escritura con mujeres de la población marginal La Legua. A ellas les duele ese calificativo, pero quiero este escrito sin anestesias. En Chile, país católico, La Legua está en el margen.

En la pantalla, París, a fines del siglo XIX, cuando no existía el impuesto a la renta y la burguesía sencillamente ya no trabajaba. Goce, fantasía y desenfreno transforman las inmediaciones de Montmartre, ayer campestre, en un escenario de diversión, amor pagado, moda, gastronomía. Las bailarinas del Moulin Rouge hacen piruetas para mostrar sus calzones. Los famosos pasean y se retratan en las calles de París. Europa avanza hacia la guerra.

Dejo la pantalla muda. Se me cuela el recuerdo de la Checha, la pobladora que más concentró su escritura en nombrar la pobreza con palabras sencillas, “pancito duro”, “bolsitas de té para el remojo”, “por eso yo le digo a mi nieto”, “si mi mamá estuviera viva”.

Pienso que ella organizó su mensaje en torno a un motivo simple, pero implacable: el hambre.

Mientras leíamos los escritos en el corro de sillas pensé que el terror, el abuso o la droga son motivos impactantes, materia de películas y novelas, pero el hambre, es decir, trabajar y no ganar para comer, vivir de las sobras de otros, en el Chile del siglo XXI, es ser tonto o loco, es no saber sacar las nueces, como el gato; eso da vergüenza, dan ganas de llorar –ella lloraba mientras leía–, eso se esconde, como quienes salen de punta en blanco pero con el estómago pegado a la espalda.
La Checha nos abrió su vulnerabilidad, habló del hambre como de un destino que se repite una y otra vez, un laberinto del que no se puede salir, sin la participación de otros. Nos ofreció su testimonio de marginación, “una verdadera psicosis” –escribió–, que vive a diario cuando debe contar y recontar las raciones para hijos, nietos y bisnietos. Hambre que coexiste con las necesidades-urgencias-angustias por ropas, cremas, autos, estudios, viajes, o lo que sea, del margen opuesto del laberinto, el margen que se envenena por sobrealimentación, vivencia tampoco elegida, conscientemente.

Me pregunté otra vez si habíamos venido a La Legua a entregar o a recibir, si habíamos venido de alguna parte. Y me cayó la teja, estamos en el mismo laberinto, momentáneamente reunidas en el centro –fantasía de las catacumbas cristianas o de la caverna de Platón– o temporalmente fuera de él –fantasía budista–, unidas por una práctica liberadora: escribir.

Antes de comenzar la ronda de testimonios sobre lo que había sido la experiencia del taller, pedí que focalizáramos nuestra atención en el SER que somos, que abandonáramos la ilusión –los de arriba y los de abajo– que nos mantiene separados.
Las palabras volaron. Intenté reflejar con el motivo explícito de que multiplicaran después la experiencia con otros grupos: la escritura como una forma de abstraerse del tráfago diario; como meditación; como registro, como memoria; la escritura como disciplina personal y grupal; espejo del alma; reflexión clarificadora; goce; juego; ejercicio de la vergüenza, aceptación, despojamiento, liberación; medio para viajar en el tiempo y el espacio; expresión del SER que nos une, que transita por entre nosotros; la escritura como afirmación de la autoría.

Estamos separados en un laberinto sombrío, pobres y ricos, desde hace miles de años. Y a pesar de nuestra adaptación a las sombras –la separación–, intuimos que nuestra naturaleza es la comunión en la luz, por eso soñamos y buscamos hace miles de años.

Nuestro problema no es, como alguna vez, la desinformación. La verdad se pasea desnuda frente a nosotros. Nos hemos acostumbrado a “mirar” de todo, reportajes sobre las sofisticaciones más vulgares y las miserias más refinadas: intervenciones quirúrgicas; muerte del planeta; realitys en cárceles o prostíbulos; genocidio en África, entre otros muchos.

Y “mirar” no nos impide seguir viviendo, nos hemos acostumbrado a la hiperinforvisión. Los rebeldes están locos o los visitamos de vez en cuando, en el templo o en la clínica. Así es en nuestro laberinto, hace miles de años, y sobre todo desde que nos pusieron la tele.

Me pregunto sobre el poder sanador de la escritura, sobre el poder conspirador de escribir juntos en el respeto de la libertad.

El testimonio de la Checha queda en mis pupilas. Me contagio de su psicosis, de su lucha, su esperanza. Sigo con ella soñando y buscando senderos que nos devuelvan de la locura, de la indolencia; senderos que nos reúnan fuera o dentro de este laberinto umbroso, aunque sea a ratos, aunque sea a través de la escritura.

Son las 11:30 de la mañana. En la pantalla muda hay un cocinero japonés. Pienso en el lector de este escrito, vuelve la pregunta sobre el poder sanador y conspirador de la escritura. Imagino que a esta hora ellas están organizando las raciones de comida y los turnos para ocupar la mesa.

 


Verónica Ruiz
Santiago, Octubre 2008

 
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