| El
mundo de los sueños
Vivimos
en dos mundos: el mundo de la vigilia, con sus leyes científicas,
lógicas y sociales; y el mundo de los sueños, esquivo
y misterioso, donde predominan las situaciones, las imágenes
y las transformaciones de carácter fantástico. A menudo,
las experiencias oníricas aparecen impregnadas, además,
de cierta carga emotiva o premonitoria que supera incluso las vivencias
mismas de la vigilia.
Históricamente, la mayoría de las culturas han considerado
que los sueños proceden del exterior y que constituyen mensajes
divinos. Hasta hace relativamente poco tiempo, la gente todavía
tendía a interpretar la aparición de los seres terroríficos
que pueblan las pesadillas como una especie de demonios que intentaban
seducir a las almas inocentes.
El estudio moderno de los sueños se inició
con Sigmund Freud (1856-1939), quien ubicó los sueños
en el inconsciente, donde se encuentran nuestros instintos y deseos
reprimidos.
A su vez, las revolucionarias teorías
de CarI Jung (1875-1961) sobre los arquetipos y el inconsciente
colectivo supusieron, en cierta medida, una respuesta directa a
los postulados freudianos.
La identificación en 1953 de la fase del sueño REM
(siglas de «movimiento rápido de los ojos» en
inglés) supuso el punto de partida del estudio científico
de los sueños en lo que respecta a su fisiología y
a su relación con el descanso. Es un hecho sabido que la
práctica totalidad de las personas sueñan. Aunque
la mayoría de nosotros olvidamos gran parte o todos los sueños
que hemos tenido durante la noche, lo cierto es que solemos soñar
alrededor de una quinta parte del tiempo total que dormimos.
La mayoría de nuestros “grandes” sueños tienen lugar
en la fase REM del sueño (durante la cual los globos oculares
realizan unos rápidos movimientos rítmicos) y suelen
venir acompañados de una trama, una serie de símbolos
y un escenario onírico bien detallado. En el momento en que
nos quedamos dormidos y justo antes de despertar nos vienen a la
mente las fugaces imágenes de lo que conocemos como sueños
"hipnogógicos" e «hipnopómpicos».
También soñamos en otras fases
a lo largo de la noche, y aunque algunos de esos sueños no
se diferencian en nada de los de la fase REM, en su mayoría
son fragmentarios, menos intensos, con un significado menos evidente,
y rara vez los recordamos al despertarnos.
Además de la fase REM, cabe distinguir otras cuatro fases
más en el sueño, y cada una de ellas se caracteriza
por ir acompañada de unas actividades psicológicas
y unos ritmos cerebrales específicos.
Durante el primer cuarto de hora, se va descendiendo de forma progresiva
por cada una de estas etapas antes de pasar alrededor de una hora
en la cuarta fase, la más profunda. Tras ella, se asciende
de nuevo a la primera, y es precisamente a esta altura del sueño
cuando tiene lugar el primer episodio REM, que suele durar unos
diez minutos. Una vez finalizado, el proceso de descenso y ascenso
se va repitiendo entre cuatro y siete veces, si bien rara vez se
alcanza un estado tan profundo como el de la cuarta fase. Los episodios
REM se van haciendo cada vez más largos, de manera que el
último de ellos puede llegar a durar hasta cuarenta minutos.
Durante los episodios REM la actividad del cerebro, los niveles
de adrenalina, el pulso y el consumo de oxígeno son muy similares
a los del estado de vigilia, si bien el tono muscular se relaja
y a veces es muy difícil despertar a la persona que duerme.
Es precisamente durante los episodios REM cuando tiene lugar la
mayoría de los sueños. Se ha comprobado que la ausencia
de episodios REM se traduce en irritabilidad, fatiga, pérdida
de memoria y falta de concentración durante el día.
Recientemente se ha demostrado que los sueños que tienen
lugar durante la fase REM presentan un contenido mas visual que
los de las otras fases. Se cree incluso que el movimiento de los
globos oculares que caracteriza estos episodios podría estar
sincronizado con el transcurso mismo de los sueños, lo que
significaría que el cerebro no distingue entre las imágenes
visuales de los sueños y las que percibimos cuando estamos
despiertos. Esto mismo podría aplicarse también al
resto de las sensaciones que experimentamos al soñar, de
ahí que un estímulo del exterior, como un ruido repentino
o un destello fugaz de luz, pueda llegar a incorporarse al sueño
y "racionalizarse" de manera que encaje con su contenido.
Por muy reales que sean las experiencias vividas en los sueños,
hay algo que nos impide llevar a cabo las acciones y sentir con
total implicación las emociones que en ellos se viven. Durante
la fase REM se experimenta una pérdida general del tono muscular
y, de hecho, lo único que parece participar físicamente
de los sueños son los globos oculares.
Se ha demostrado que cuando los sueños
alcanzan su máximo grado de intensidad entran en juego unos
inhibidores que impiden que los músculos reciban impulsos
del cerebro, de modo que no podamos reaccionar a los estímulos
sensoriales experimentados en los sueños. Tal vez sea esta
parálisis muscular la que origina sensaciones tan propias
de los sueños como la de intentar gritar y no poder, o la
de querer caminar y ser capaz por estar atrapado en la arena o el
agua. En cierta forma es como si el cerebro nos impidiera movernos
cuando estamos dormidos con la energía y la agilidad que
experimentamos en los sueños.
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