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LOS 7 ARQUETIPOS PRINCIPALES
(2ª parte)

EL NIÑO DIVINO
El niño divino es el arquetipo de la fuerza regeneradora que lleva al hombre a la individuación, esto es, a «convertirse en un niño pequeño" según la expresión de los evangelios. Se trata, pues, del símbolo de la verdad misma, de la totalidad de nuestro ser, en oposición al ego limitado y limitador. En los sueños, suele aparecer bajo la apariencia de un bebé o un recién nacido, y aunque es inocente y vulnerable, es al mismo tiempo un ser inviolable, poseedor de una enorme fuerza transformadora.
El contacto con el niño puede despojarnos de cualquier sensación de engrandecimiento personal, al mismo tiempo que nos recuerda cuan lejos nos encontramos de Io que antaño fuimos y de lo que aspiramos a ser.

EL ÁNIMA Y EL ANIMUS
Según Jung, cada uno de nosotros lleva dentro todo el potencial humano, tanto masculino como femenino. En este sentido, el ánima vendría a representar las cualidades “femeninas” propias de los estados de ánimo, las reacciones y los impulsos de los hombres, mientras que el animus encarnaría las cualidades "varoniles” de los compromisos, las creencias y las inspiraciones de las mujeres.
Pero, más importante aún, en tanto que "no yo” del ser, tanto la una como el otro hacen las veces de psycopompo o guías espirituales del potencial que cada uno posee, sin saberlo, en su interior.
En la mitología, el ánima suele aparecer bajo la forma de una diosa virginal o una mujer de gran belleza, como Atenea, Venus o Helena de Troya, mientras que el animus viene representado por un dios noble o un héroe como Hermes, Apolo o Hércules. Si tanto la una como el otro aparecen en nuestros sueños bajo esta grandilocuente apariencia o con la de un hombre o una mujer con poderes especiales, es síntoma de que necesitamos integrar las facetas masculina y femenina en nuestro interior.
Si se ignoran, estos arquetipos tienden a proyectarse hacia el exterior en busca de un amante idealizado, o bien a quedar asimilados de forma totalmente irreal por la persona de la pareja o de un amigo. Si deja que tomen posesión del inconsciente, los hombres pueden tender a volverse demasiado emocionales y sentimentales, mientras que las mujeres se tornan más rudas y obstinadas.

LA GRAN MADRE
La imagen de la gran madre desempeña un papel fundamental en nuestro desarrollo psicológico y espiritual, y su protagonismo tanto en los sueños como en los mitos y las religiones se explica no solamente por nuestras experiencias personales durante la infancia, sino también por el arquetipo que representa todo aquello relacionado con el crecimiento y la fertilidad, por un lado, y todo lo que domina, devora, seduce y posee, por otro.
La energía de la gran madre no sólo es divina, etérea y virginal, sino también telúrica (es decir, que deriva de la tierra) y agrícola, pues no en vano antaño se la veneraba como la portadora de las cosechas.
Siempre ambivalente, la gran madre es un arquetipo del misterio y el poder femeninos, que se manifiestan de formas tan diversas entre sí como la figura de la reina de los cielos o la de las brujas que pueblan los mitos y las leyendas.
Para Freud, no obstante, la figura simbólica de la madre en los sueños se ha de interpretar como una representación de la relación del soñador con su propia madre. Freud observó que en la mayoría de los sueños aparecen la persona que sueña, una mujer y un hombre, y llegó a la conclusión de que en una buena proporción estas dos últimas representan a los padres y simbolizan diversos aspectos del complejo de Edipo padecido por la persona que sueña, según sea hombre o mujer respectivamente (en la mitología griega, Edipo simboliza el temprano deseo sexual del varón hacia su madre y el sentimiento de celos que siente hacia su padre, mientras que Electra representa el temprano deseo sexual de la mujer hacia su padre y los celos hacia su madre).



 



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